La guionista y directora Inés Toharia ganó el 2º Premio Josefina Molina de Guion de Largometraje Fantástico de Autoría Femenina con Márgenes Oscuros, una historia ambientada en el mundo de los archivos fílmicos, donde las películas olvidadas, la memoria y las pérdidas personales se entrelazan desdibujando la frontera entre realidad y ficción. El certamen, dotado con 10.000 euros, creado por Fundación SGAE y el Sitges – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya, nace con el objetivo dar voz y visibilidad a las guionistas dentro de un género todavía fuertemente masculinizado. Hablamos con Toharia sobre las posibilidades del género fantástico, la importancia de conservar el patrimonio cinematográfico y algunos de los eventos que han marcado su carrera como cineasta.
Inés Toharia (Madrid, 1975) es directora y guionista y está especializada en documental y preservación cinematográfica. Ha trabajado en los archivos audiovisuales de las Naciones Unidas en Nueva York y en proyectos de preservación del George Eastman Museum. Compagina la creación audiovisual con la docencia en la ECAM y la mentoría en la Elías Querejeta Zine Eskola. Su último largometraje documental Cine, registro vivo de nuestra memoria (2021) se estrenó internacionalmente y le valió numerosas distinciones entre las que destaca el Premio Flavia Paulon del Asolo Art Film Festival (2023) y el Gran Premio del Jurado del Mystic Film Festival (2022).
Acabas de recibir el II Premio Josefina Molina de Guion Fantástico. ¿Qué supone este reconocimiento en este momento de tu carrera?
INÉS TOHARIA. Es un momento que todavía no me acabo de creer, porque ha sido todo muy rápido. Pero, sobre todo, te anima. Crear es a veces muy solitario, especialmente cuando escribes. No sabes si lo que estás haciendo se va a entender, si va a llegar a la gente o si realmente tiene interés. Tú lo sientes muy propio, pero nunca sabes cómo lo recibirán los demás. Los premios tienen esa función de reconocimiento. Hay muchos proyectos que nunca ven la luz, que quizá nadie llega a leer y que pueden ser buenísimos. Por eso me alegra especialmente que se reconozca este guion. Y también me encantaría que muchos otros proyectos, que llevan años en un cajón, pudieran salir adelante y llegar a convertirse en películas.

Comentabas que Josefina Molina es un referente para ti y que la tuviste muy presente mientras ultimabas el guion.
Sí, me impresionó mucho su figura. Mientras escribía la tuve muy presente y fui modificando algunas cosas del guion porque me acordaba de ella. Trabajó en muchos géneros y también hizo adaptaciones literarias impresionantes. Además de Función de noche, una película maravillosa que me parece fundamental en la historia del cine, no solo español. Me interesa mucho cómo juega con el documental, el teatro y con otros lenguajes.
Al parecer era una persona tímida, de pocas palabras, que decía lo justo. Me atrae la gente tímida porque guardan muchas cosas dentro como un archivo. Su biografía es preciosa y la tituló ‘Sentada en un rincón’. Llama la atención que alguien tan importante pudiera situarse también en los márgenes, incluso apartarse un poco.
Cuando supe de su fallecimiento el guion estaba casi terminado, de alguna manera, creo que fue el impulso que necesitaba para encerrarme, ultimarlo y presentarme a este certamen. A veces pensamos que determinadas personas van a estar siempre ahí, hasta que desaparecen y comprendemos lo valiosas que eran. Josefina abrió muchos caminos y muchas puertas. Para las mujeres en España, tener una referente así te ayuda a seguir adelante. Estoy muy agradecida de que exista este premio con su nombre.
Tu trayectoria ha estado muy vinculada al documental. ¿Cómo surgió la idea de dar el salto a la ficción fantástica?
Siempre me ha encantado el cine fantástico. Me gusta esa libertad que te permite partir de una realidad muy concreta e introducir elementos que la transforman. Como ocurre con la comedia, puedes moldear las situaciones y jugar con ellas para hablar de nosotros mismos, de nuestros problemas y de lo absurdos que podemos llegar a ser. La idea también nace de mi experiencia con los archivos fílmicos. Hice un documental sobre ese mundo y hablaba mucho con las personas que trabajan en las filmotecas. Me interesaba cómo se preserva el cine y lo poco que conocemos ese trabajo.
Hemos visto muchas películas fantásticas en las que reaparecen películas domésticas, cintas de Super-8 o vídeos olvidados. Pero quería explorar el universo de los grandes archivos, con sus enormes latas de película, sus pasillos fríos y todas esas imágenes del pasado que alguien se ocupa de cuidar para que no desaparezcan. Es un mundo muy rico, tanto por los materiales como por las personas que trabajan allí. Ese universo me parecía que daba muchísimo de sí para una historia fantástica.

Cuéntanos sobre Márgenes Oscuros, ¿de qué trata?
La historia gira en torno a Alicia, una técnica de archivo cinematográfico y a su día a día. Tras descubrir en una lata una misteriosa película muda de 1929, se adentrará en una investigación que acabará desbordando la ficción en la realidad. Sobre todo, me interesaba explorar el lado humano y cómo las pérdidas físicas que se producen en los archivos pueden entrelazarse con las pérdidas personales. Todo ese misterio y esos márgenes oscuros, tiene algo de metáfora: es aquello que a veces no vemos, pero que puede ser central o parte de lo central. Del mismo modo que los márgenes del fotograma no se proyectan, pero son lo que mantiene la película, los archivos son un poco lo mismo para la historia del cine. Lxs archivistas son los que han mantenido nuestro patrimonio cinematográfico vivo, son fundamentales, pero apenas les vemos y no les conocemos tanto como debiéramos.
¿Cómo irrumpe lo fantástico en un entorno tan metódico y silencioso como el de un archivo?
Puede entrar por varios lados. Nunca sabes del todo qué puedes encontrarte en un archivo: materiales que se creían perdidos, películas incompletas, imágenes que nadie ha visto durante décadas… Hay algo casi naturalmente fantástico en todo eso. Restaurar imágenes de un pasado remoto puede ser casi como realizar una nigromancia. Además, una película puede tener hongos, presencias vivas que mutan y que también dan mucho juego en este terreno. Aunque me interesa más aportar una mirada en la que lo fantástico no esté necesariamente ligado a la acción, al poder o al enfrentamiento, sino que pueda surgir de algo mucho más íntimo: la memoria, el olvido, la pérdida, lo que permanece y lo que ha sido borrado, aquellas historias que, por distintas razones, han quedado fuera del relato, los márgenes oscuros.

Has dedicado parte de tu trabajo a ejercer y poner en valor la preservación cinematográfica. ¿Cómo ves la situación de los archivos en España y qué debería mejorar?
Creo que se va mejorando poco a poco, pero siempre hace falta más. En los archivos de todo el mundo se repiten problemas similares: falta de atención política, recursos económicos, medios y personal.
Hay algo que me preocupa especialmente: la transmisión de conocimientos. Me gustaría que nadie se jubilara sin tener la oportunidad de transmitir lo que sabe a la siguiente generación. Hay personas que llevan décadas trabajando en un archivo y conocen su historia, sus materiales y los problemas que han ido apareciendo. Todo ese conocimiento es valiosísimo. También debemos aprender de las decisiones que se tomaron antes. Cuando se restaura una película, no basta con digitalizarla y aplicar las herramientas disponibles. Hay que preguntarse qué pretendían los autores, cómo se trabajó en su momento, si hubo restauraciones anteriores y por qué se tomaron determinadas decisiones.
A veces nos enfrentamos a problemas que creemos nuevos, pero que otras personas ya tuvieron que resolver con muchos menos medios. Por eso es tan importante consultar a quienes todavía pueden contarnos esa historia y reconocer la labor de quienes han preservado nuestro patrimonio cinematográfico.

La revolución digital ha facilitado la creación, la difusión y el acceso a las imágenes, pero creo que no tanto su preservación. Vivimos anegados en imágenes digitales, almacenadas en nubes aparentemente infinitas, pero volátiles.
Sin duda, es irónico. Hoy producimos y proyectamos en digital, pero, cuando queremos garantizar que una película sobreviva al futuro, sabemos que el soporte fotoquímico puede conservarse durante más de cien años si se mantiene en condiciones adecuadas de temperatura y humedad.
En cambio, la conservación digital exige migrar los datos periódicamente para que sigan siendo accesibles. No basta con subirlos a una nube: dependemos de una empresa externa y de sistemas que hay que mantener. La conservación digital todavía es muy cara y no está resuelta de la misma manera que la fotoquímica. Por eso los grandes estudios de Hollywood exigen que se conserven las películas en soporte fotoquímico, incluso cuando fueron rodadas en digital. Es una ironía que películas que nacieron en un entorno digital terminen guardadas en las grandes latas de siempre.
El digital facilita muchas cosas, también en la restauración, pero no podemos confundir la facilidad de uso con la garantía de conservación. Además, tendemos a olvidar que los centros de datos y las nubes son infraestructuras físicas que consumen electricidad y agua. También hay que tener en cuenta esa dimensión ecológica. Lo curioso es que, pese a lo caro que resulta hacer cine, muchas veces no se reserva una partida del presupuesto para preservar la película una vez terminada. Y, sin embargo, si no la cuidamos, podemos perderla.
Tu interés por la preservación cultural y la memoria histórica te ha llevado a viajar por todo el mundo y a programar ciclos de cine en todo tipo de lugares. Participaste en la primera edición del festival del Sahara Occidental, precisamente uno de los lugares cuya cultura y memoria es continuamente silenciada y reprimida. ¿Cómo fue esa experiencia?
Fue una de las experiencias más bonitas de mi vida. Cuando me enteré del proyecto, que había comenzado Javier Corcuera, me fascinó la idea. Al principio no sabía si saldría adelante, pero empezamos a reunirnos, a buscar colaboraciones y a ver cómo podíamos ayudar. Recuerdo llegar al desierto sin saber muy bien cómo iba a funcionar aquella primera edición y encontrar a la población saharaui colaborando en todo. Nos queríamos muchísimo y la despedida fue muy emocionante.
El festival me parece importante porque ayuda a recordar lo que ocurrió y a mantener presente la situación del pueblo saharaui. España tiene un pasado colonial que a menudo olvidamos, y tenemos que reconocer lo que pasó y asumir la responsabilidad de mirar esa historia. Hay una conexión muy fuerte con el Sáhara y, además, mucha gente habla castellano. Compartimos muchas cosas y descubrimos que nos parecemos más de lo que pensamos. Las diferencias también nos enriquecen.
Recuerdo especialmente que hablé con Eduardo Galeano sobre el festival y le conté que nos habíamos acordado mucho de él. Tenía un texto sobre los muros que adaptó al Sáhara y, aunque yo no pude asistir a la siguiente edición, conseguimos ponerlo en contacto con la organización. Finalmente fue y me mandó fotografías y mensajes. Me alegró muchísimo que pudiera conocer a aquella gente. Son experiencias que te estimulan cuando la vida te da golpes. Te recuerdan que se pueden hacer cosas bonitas incluso cuando todo parece imposible. Y también que hay que seguir visibilizando al pueblo saharaui, recordar su situación y preguntarnos por qué determinados problemas continúan sin resolverse.
Después de vivir fuera muchos años en Nueva York, decidiste regresar y abrir una librería, Grifilm, en el pequeño pueblo de Urueña en Castilla y León. ¿Qué te llevó a tomar esa decisión?
Fue un poco una locura, pero también una decisión muy bonita. Mi pareja y yo nos planteamos volver a España, entre otras cosas porque estaban naciendo nuestros sobrinos y sentíamos que nos estábamos perdiendo esa etapa de la familia. Habíamos vivido en Gales antes de irnos a Estados Unidos, muy cerca de una de las primeras villas del libro, y conocíamos al fundador y aquellas librerías. Nos parecía un proyecto precioso. Cuando vimos que había locales disponibles en Urueña, pensamos: «¿Y si nos lanzamos?». Y nos lanzamos.

El primer año, con toda la emoción, no te das cuenta de lo que has hecho. Es al segundo cuando piensas: «¿Qué locura hemos cometido?». Pero cada año ha ido mejor y estamos muy contentos. Somos autónomos y hacemos mil cosas, así que vamos compaginando la librería con otros trabajos. En Urueña hay un ambiente muy agradable y colaboramos con otras librerías, con los museos de la música y con la Fundación Joaquín Díaz, que realiza una labor preciosa de preservación del patrimonio oral y musical. Joaquín recogía canciones por los pueblos y las conservaba, evitando que desaparecieran muchas de esas historias y tradiciones que antes nos transmitían nuestros abuelos.
Nueva York fue una etapa que disfruté muchísimo, pero ahora estoy muy contenta aquí. Es como si llevaras contigo todo lo que has vivido, pero desde otro lugar.
Por último, ¿Te parece si cerramos con unas palabras de impulso para aquellas guionistas que todavía no ven el momento de empezar a escribir su guion fantástico?
Por supuesto. Os animo a toda la gente que escribe y a las mujeres guionistas, en especial, que hay muchas y muy buenas, a que os pongáis a escribir guiones fantásticos. Es el género más abierto y diverso y creo que tenéis ahí un campo para explorar con libertad y creatividad. Solo hace falta papel y un lápiz (si tenéis un ordenador pues mejor que mejor). Sé que a veces falta tiempo, pero tenéis que encontrarlo y empezar a escribir en cuánto podáis.
