Susanna Edwards es una directora sueca de cine narrativo y documental. En 1996, ganó el Premio Guldbagge sueco por Sunshadow, un documental sobre la torera Cristina Sánchez que tuvo mucho reconocimiento. En el 2000, recibió una nominación al Guldbagge por su película Respect! Con “The Dialogue Police”, Edwards pone la mirada en un grupo de policías suecos encargados de salvaguardar el derecho de todos a la libertad de expresión, en un contexto de manifestaciones, quemas del Corán, acciones por el clima, y una creciente polarización de la sociedad.
En esta conversación hablamos de democracia, de manifestaciones, de orden público y de leyes injustas. Hablamos de la posibilidad —remota, pero real— de exportar un modelo sueco de mediación policial. Y también de algo más incómodo: si el diálogo es una herramienta de transformación o una válvula de escape que mantiene intacto el status quo. En un mundo cada vez más polarizado, su película no solo documenta una unidad policial. Plantea una pregunta más profunda: ¿queda espacio para la desescalada en tiempos de humillación y gritos?
¿De dónde nace tu interés por la policía de diálogo?
Susanna Edwards: Bueno, si echo la vista atrás, creo que todo empieza cuando era niña, con cinco, seis o siete años. Mi madre me llevaba a las manifestaciones del Primero de Mayo, el Día Internacional de los Trabajadores. Me conmovía profundamente la atmósfera de esperanza y compromiso, la gente hablando en voz alta sobre cambios necesarios para una vida mejor. Era algo que realmente disfrutaba.
De adolescente fui activista medioambiental durante un par de años. Recuerdo cuando quisieron construir un aparcamiento en una plaza del centro de Gotemburgo donde había un mercado de flores precioso. Ocupamos la plaza y entramos en confrontación con la policía. Fueron inmediatamente muy agresivos. No físicamente al principio, pero sí con el tono de voz, con el lenguaje corporal. Una situación bastante tranquila y hasta banal podía escalar fácilmente hacia algo violento. Y yo pensaba: esto es ridículo, parece una mala obra de teatro.
Cuando descubrí que existía una unidad llamada “policía de diálogo”, me sorprendió. No mucha gente en Suecia sabe que existe. Su función es facilitar el derecho constitucional a manifestarse.
Me comentabas que la televisión pública sueca rechazó inicialmente el proyecto.
Sí. Decían que no había suficiente drama. Querían conflictos íntimos, problemas personales. Pero la película trata sobre prevención, mediación, evitar que el conflicto escale. Esa era precisamente la paradoja. Para mí era fundamental resaltar su papel como funcionarios públicos al servicio de la ciudadanía, que deben garantizar que la ley se cumpla sin presiones políticas ni de otro tipo. Me sorprendió que eso no resultara interesante para una televisión pública.
Llegamos a verlos en sus oficinas. Era importante mostrarla porque allí están más relajados, parecen más privados, y aun así siguen en su rol profesional. Eso era fundamental para la película. No solo estar todo el tiempo en la calle. Pero con eso basta. No quiero más intimidad que esa.

Como policías, ¿cómo gestionan la percepción que la gente puede tener de ellos? Esa idea de que la policía es una fuerza represiva y no una fuerza abierta al diálogo.
No debemos olvidar que la policía, en todo el mundo, también tiene la tarea de prevenir el crimen, no sólo de reprimir. Dentro de su propia organización han tenido muchas dificultades, porque hay agentes que no entienden lo que hacen. Ellos mismos se llaman “guardianes de la democracia” dentro de la policía.
La libertad de expresión, el derecho a manifestarse y reunirse están en la Constitución. Es lógico que la policía facilite que los ciudadanos ejerzan esos derechos.
Empezamos a rodar durante dos días como prueba, en una manifestación de Extinction Rebellion. Me sorprendió mucho —y me conmovió— ver que nunca se volvían agresivos, ni siquiera en el tono de voz. Tenían una paciencia enorme. Por ejemplo, al principio de la película, cuando esta activista dice: “¿Alguna vez te han dicho que eres un idiota útil?” o “¿Te han dicho que tienes suerte?”. Ver a los policías responder a eso con total calma es algo muy liberador.
Hoy en día también han ganado más respeto dentro de la propia organización, porque se entiende mejor lo que hacen. En Estocolmo hay muchísimas manifestaciones. No sé cuántas al día, la mayoría son muy pequeñas, pero hay muchas, especialmente en la capital de Suecia.
Solo el 20% de su trabajo es estar en la calle. El 80% consiste en mantener contacto con organizadores, informarse, estudiar conflictos internacionales, entender contextos como Irán o Kurdistán. Eso les permite anticipar tensiones y calcular recursos.
Me sorprendió también saber que el modelo sueco ha tenido contacto con Colombia.
Sí. El ESMAD (Escuadrón Móvil Anti Disturbios) colombiano ha contactado con la policía de diálogo sueca. Es un proyecto de cinco años para formar parte de esa unidad en trabajo de mediación. Ese es mi próximo documental. Estoy negociando acceso, lo cual es complicado porque quieren controlar mucho el proceso.

En la película aparece una tensión central: la policía hace cumplir la ley, pero los ciudadanos se manifiestan para cambiarla.
Exacto. El trabajo de la policía es aplicar la ley vigente. El de los ciudadanos es salir a la calle y exigir cambios. Siempre habrá tensión.
Algunos podrían pensar que la policía de diálogo es una forma de “lavado de imagen”.
Algunos la describen como el “guante de terciopelo sobre el puño de hierro”. La unidad no toma decisiones estratégicas durante la manifestación; las órdenes vienen del mando. Pero pueden trasladar al mando cómo se sintieron los manifestantes. Ese es su papel.
¿Las manifestaciones funcionan como válvula de escape?
Puede ser. Permitir grandes manifestaciones puede liberar tensión sin cambiar nada. Se dice que necesitas que un 10% de la población salga a la calle para generar un cambio real.
Vivimos en una época en la que las democracias están bajo amenaza. Solo una minoría mundial vive en democracias. Con el auge de la extrema derecha, creo que es importante que la policía haga cumplir la ley.

¿Cuál crees que es el impacto de la unidad y de tu película?
Hay personas que piensan que esto no es “trabajo policial real”. Pero muchos espectadores se conmueven profundamente porque nunca han visto algo así. El diálogo, la diplomacia y la desescalada tienen muy poco espacio en el debate público.
Algunos dirán que es ingenuo. Para mí, es mucho más ingenuo pensar que invertirlo todo en el rearme militar o en una carrera armamentística nuclear —como está ocurriendo en Europa y en muchas partes del mundo— vaya a traer seguridad. Para mí no funciona así.
El papel de la policía de diálogo no es sencillo, pero creo que es muy importante. Y me alegra haber podido visibilizar su trabajo.
Vivimos una época de polarización. Si no estamos de acuerdo, ahora nos insultamos. Eso lo vemos en líderes políticos en muchos países.
Sí. Todo se ha polarizado, es un momento muy difícil.

En la película aparece la quema del Corán por parte de Rasmus Paludan. ¿Hasta dónde llega la libertad de expresión?
Esa es precisamente la discusión que quería provocar con la película. No es blanco o negro. Tiene dos escenas importantes en la película, así que ocupa bastante espacio. En la sala de montaje debatimos mucho cómo evitar convertirnos en un altavoz de sus ideas.
Esa era una discusión central. En Suecia es legal quemar libros sagrados. Es una ley de los años 70. Y también es difícil definir qué es un “libro sagrado”: no es el libro original, sino una copia.
Él, Rasmus Paludan, es abogado, jurista. Conoce muy bien los límites legales: cómo ofender sin cruzar ciertas líneas. De hecho, ha sido acusado de delito de odio en Malmö por otras manifestaciones. En primera instancia fue condenado, pero el caso está recurrido y se volverá a examinar. Cuando quemó el Corán frente a la embajada turca —mientras Suecia intentaba entrar en la OTAN—, eso provocó manifestaciones en muchos países de Oriente Medio. El gobierno sueco se sintió presionado. Personalmente creo que, además de los actos, debe analizarse su motivación: provocar conflicto para demostrar que ciertos grupos no son aptos para la democracia.
En montaje decidí pixelar la escena. Se entiende lo que ocurre, pero no quería restregarlo al espectador.
¿Esperas que la película genere esperanza?
Sí. Quizá conocer a la policía de diálogo pueda reavivar la sensación de que existe otro camino. La conversación como una ruta para lograr acuerdos y convivencia.
Te agradezco muchísimo tu tiempo. Siempre es interesante hablar con directores y entender qué despierta su curiosidad para contarnos estas historias.
Gracias a ti. También lo aprecio mucho.

