Tras el recorrido por festivales como Tallin —donde ganó el Gran Premio y el Premio del público—, La buena hija, dirigida por Júlia de Paz Solvas, llega a las salas como un retrato complejo de la violencia vicaria desde la mirada de una menor, interpretada por Kiara Arancibia. Basada en el corto Harta, la película explora la relación entre una hija y su padre maltratador, evitando el cliché y apostando por los grises.
El guion, coescrito junto a Nuria Dunjó, consolida la dupla creativa entre ambas, que trabajan desde una mirada compartida atravesada por la investigación, la amistad y la experiencia personal.

Júlia de Paz Solvas (Barcelona, 1995) es graduada en Dirección Cinematográfica por la ESCAC. Su primer largometraje, Ama (2021), tuvo su premiere en el Festival de Málaga. La cinta fue nominada al Goya a Mejor Guion Adaptado, consolidando a la directora como una de las voces emergentes del cine español. Harta, germen de La buena hija, ganó el Premio Gaudí a Mejor Cortometraje en 2023. Actualmente, de Paz continúa desarrollando nuevos proyectos junto a Dunjó.
Hablamos con la directora en el marco del Festival de Málaga en su estreno sobre el proceso de investigación, la construcción del relato y la necesidad de dar voz a los menores víctimas de violencia vicaria.
Del corto Harta al largometraje: ¿en qué momento sentís que la historia necesitaba expandirse?
Cuando hicimos el corto ya teníamos claro que queríamos llegar al largometraje. De hecho, la idea inicial siempre fue esa, pero tanto Núria Dunjó, coautora de la película, como yo sentíamos la necesidad de probar primero, de explorar cómo nos atravesaba el tema y comprobar si éramos capaces de abordarlo con el respeto que exigía.
En Harta nos centramos más en el conflicto entre el padre y la hija, mientras que en la película pudimos abrir el foco y trabajar otras capas: las tres generaciones de mujeres, el universo de las amigas, el amor romántico, el amor fraternal y también la ausencia de amor. Ha sido un proceso muy orgánico, sostenido por una investigación previa de unos siete años en la que hablamos con supervivientes de violencia machista, asociaciones de mujeres y profesionales como juezas, psicólogas o educadoras, además de entrevistar a hombres en prisión por ese tipo de delitos.
¿De dónde nace la necesidad de abordar el tema de la violencia vicaria?
Nace de conversaciones con Núria. Para nosotras, hacer cine también es una forma de sanar cosas propias, y yo tenía esa inquietud de explorar la violencia que sufrimos las mujeres por el hecho de serlo.
A través de entrevistas con víctimas y supervivientes, vimos que muchas compartían un miedo muy fuerte por sus hijos e hijas. Al no ser considerados víctimas si no hay violencia física o sexual directa, tenían que seguir conviviendo o manteniendo el vínculo con el agresor. Fue entonces cuando descubrimos el concepto de violencia vicaria y a partir de ahí empezamos a investigar.

¿Por qué decidís situar la historia en el punto de vista de una menor?
Nos interesaba explorar cómo lo que vivimos en la infancia atraviesa y condiciona la construcción de la identidad. El proyecto empezó con una protagonista adulta que se reencontraba con su padre, pero a raíz de las entrevistas entendimos que era más interesante situarnos en el punto de vista de la niña. Durante la investigación nos dimos cuenta de que su relato y sus vivencias apenas se tienen en cuenta.
Para nosotras era importante poner el foco ahí y señalar que estos niños y niñas también son víctimas de esta violencia. Al mismo tiempo, vimos en ellos una necesidad muy fuerte de no identificarse con ella. A partir de esas ideas fuimos construyendo el personaje de Carmela.
La película plantea una mirada crítica hacia las instituciones sin caer en el maniqueísmo. ¿Cómo trabajasteis ese enfoque?
No queríamos hacer una crítica desde el blanco o negro, sino movernos en los grises. El problema no está tanto en las trabajadoras —de hecho, mi madre es educadora social— como en los engranajes del sistema: la falta de recursos, la frustración constante, las contradicciones.
También nos interesaba mostrar la ambivalencia de quienes trabajan dentro del sistema: profesionales que quieren ayudar, pero que al mismo tiempo tienen que aplicar una ley en la que a veces no confían del todo.
El retrato del padre maltratador evita el cliché. ¿Cómo trabajasteis la construcción de ese personaje?
Para nosotras era fundamental no caer en clichés ni juzgar al personaje. Como directora, en el momento en que emito un juicio, el retrato pierde complejidad. Por eso necesitábamos entender de dónde venía esa violencia, sin justificarla.
Ahí fue clave el trabajo de investigación: hicimos entrevistas en prisión y también el actor Julián Villagrán participó en ese proceso. No se trata de generalizar, porque hablamos con un grupo concreto de reclusos, pero sí detectamos ciertos patrones, como un miedo muy profundo al abandono. En muchos casos, es en ese momento cuando se activa la violencia.
La cuestión no es tanto sentir ese abandono —porque lo puede sentir cualquiera— sino qué herramientas tienes para gestionarlo. También conocimos iniciativas, como los espacios de nuevas masculinidades, donde se intentan construir otras formas de relacionarse desde la no violencia. Pero es algo que está muy arraigado en la construcción de la masculinidad, así que implica ir a una raíz mucho más profunda, que tiene que ver con lo estructural.
¿Cómo fue el trabajo con los menores durante la investigación?
No eran entrevistas como tal. Siempre en presencia de la madre, dejábamos que los niños y niñas hablaran si querían; los límites los marcaban ellos en todo momento.
Fuimos con mucho cuidado para evitar cualquier tipo de revictimización, por eso trabajamos de la mano de psicólogas y profesionales. También contamos con el acompañamiento de expertos como Raúl Lizana, autor de A mí también me duele, que revisó el guion y dio una charla a todo el equipo.

Carmela parece rechazar la feminidad que asocia a su madre, vinculándola con la debilidad…
Sí, ahí hay algo que también conecta con lo personal. Cuando yo era adolescente, de alguna manera rechazaba esa feminidad impuesta, no entendía por qué tenía que reproducirla.
En el caso de Carmela, esa feminidad que ve en su madre la asocia con la debilidad, con la idea de ser una posible víctima. A partir de ahí trabajamos ese rechazo, sobre todo a través de elementos como el jersey, que funciona casi como símbolo.
También entra en juego la abuela, que actúa como una figura mediadora. Es un personaje atravesado por la culpa, que se pregunta qué podría haber hecho distinto, y que ahora intenta reparar. Entre ellas se genera como un hilo sanador, y ese recorrido del jersey representa, de alguna manera, la posibilidad de convivir con esa feminidad sin rechazo, desde un lugar más tranquilo: no tanto aceptarla como única forma, sino poder relacionarse con ella sin conflicto.
El espacio tiene mucho peso en la película. ¿Cómo lo planteasteis?
Trabajamos mucho la idea de diferentes espacios: el público y el privado, el seguro y el expuesto. Ya en Harta gran parte del corto transcurría en un coche, y nos interesaba esa idea de que como sociedad somos espectadoras —consciente o inconscientemente— de estas situaciones que acontecen en la ciudad, pero sin saber realmente qué ocurre dentro.
A partir de ahí construimos distintos lugares: el de la abuela o las amigas como refugio; el institucional, más frío y el del padre como un espacio que en un inicio parece seguro e incluso ilusionante, pero que poco a poco se va resquebrajando.
Para construirlo nos basamos en la teoría del ciclo de la violencia de Lenore Walker, que explica cómo se articulan estas dinámicas. Muchas veces se responsabiliza a la víctima preguntándole por qué no se fue antes, pero cuando estás dentro de una relación así es muy difícil identificar lo que está ocurriendo.
Este ciclo se divide en tres fases: acumulación de la tensión, explosión y luna de miel. A partir de ahí construimos la evolución de la violencia en la película, siguiendo ese patrón.

En la película aparece ese miedo a repetir patrones.
Es algo que nos encontramos mucho: los niños tenían miedo a reproducir las conductas del padre y las niñas las de la madre.
Hay una idea muy equivocada de que si eres hija de una víctima serás víctima, o si eres hijo de un maltratador serás maltratador. Y no es así. Si hay acompañamiento y posibilidad de resiliencia, no tiene por qué suceder.
Pero para eso hacen falta referentes y voces que rompan con esas dinámicas con las que conviven. Existe esa posibilidad de no repetirlas.
¿Qué habéis aprendido durante estos 7 años de trabajo?
Muchísimas cosas. A nivel personal, incluso aprender a no culpabilizarnos por situaciones que hemos vivido como mujeres.
Descubrimos la red que se crea entre las asociaciones de mujeres donde el acompañamiento, la fortaleza y la comunidad que han construido es impresionante, se me pone la piel de gallina. Ojalá todas pudiéramos contar con algo así.
También hemos visto que dentro del sistema hay mucha gente que quiere ayudar, aunque falten recursos.
Y, aunque la película muestra un conflicto muy duro, queríamos reivindicar la posibilidad de la resiliencia a través del acompañamiento y de esos espacios de luz: las amigas, la abuela… Y reforzar la idea de que estos niños y niñas viven la violencia, pero no son esa violencia.

¿Cómo está reaccionando el público ante la película?
Es curioso: al terminar la película mucha gente se queda en silencio, muy introspectiva, como procesando lo que ha visto. Creo que conecta desde un lugar incómodo, porque genera preguntas sin respuestas claras, y eso provoca cierto malestar.
Pero, al mismo tiempo, eso significa que la película está llegando. De hecho, en Tallin ganamos el premio del público, así que hay una conexión real.
En los coloquios también vemos algo interesante: el público masculino tiende a preguntar por el padre, mientras que el femenino se fija más en Carmela, la madre o la abuela. De alguna manera, cada quien conecta desde su propia identidad con lo que ve en la película.
La película es dura, pero también deja espacio para la esperanza.
Incluso dentro de tanta oscuridad, existe la posibilidad de la luz. Con acompañamiento, con red, con comunidad… es posible salir del maltrato.

Recursos de ayuda
Si tú o alguien de tu entorno estáis viviendo una situación de violencia, puedes acudir a:
- Teléfono 016 (atención a víctimas de violencia de género, gratuito y no deja rastro en la factura)
- Asociación Alma (proyecto de apoyo y acompañamiento a Mujeres Víctimas de Violencia de Género)
Para entender mejor estas dinámicas:
- A mí también me duele, de Raúl Lizana
- Teoría del ciclo de la violencia de Lenore Walker
