En Sorda, Eva Libertad (Molina de Segura, 1978) aborda la maternidad desde un lugar poco complaciente, alejándose de personajes ejemplarizantes. Su hermana, Miriam Garlo, y Álvaro Cervantes encarnan a una pareja —ella sorda, él oyente— que afronta las dudas que abre la llegada de una hija.
Licenciada en Sociología por la Universidad Complutense y formada en teatro, con una trayectoria marcada por el cruce entre creación y mirada social, la directora murciana consolida aquí una voz propia, atenta a las contradicciones y a la importancia de los cuidados. Tras su paso por la Sección Panorama de la Berlinale, donde obtuvo el Premio del Público, y por el Festival de Málaga, donde se alzó con la Biznaga de Oro, la película sumó tres galardones en la XVIII edición de los Premios Gaudí —Mejor Dirección, Mejor Guion Adaptado y Mejor Actor Secundario— y cuenta además con siete nominaciones a los Goya.

Antes de nada, enhorabuena por la película: me ha parecido una maravilla. Y también por el recorrido que está trazando y el reconocimiento que la está acompañando.
Todo este trayecto con Sorda está siendo un camino de aprendizaje, de aceptación. Aprender a recibir, aceptar y agradecer, sin cuestionarse tanto.
Vienes de una trayectoria muy vinculada a lo social y a los procesos colectivos. ¿Cómo crees que todo ese recorrido ha repercutido en tu obra?
Yo estudié Sociología y me alegro muchísimo de haberla estudiado aunque nunca ejerciese. Mi manera de acercarme al mundo del arte fue siempre a través del teatro, porque lo sentía como algo posible. Desde pequeña el cine era una pasión. Había un cine en mi pueblo —ya no existe— enorme, con dos plantas, donde programaban sesiones dobles los fines de semana. Yo estaba deseando que llegase el viernes para ver en los carteles qué sesión tocaba. De hecho, era tan pequeña que no podía ir sola.
Sí, lo escuché en otras entrevistas, por eso te quería preguntar.
Me tenía que acompañar mi padre, que ya estaba harto de las sesiones dobles. Me dejaba en la puerta y me recogía a la salida. Pero claro, ¿cómo se dedicaba una al cine? Yo no tenía a nadie alrededor que se dedicase a este mundo. Vengo de una familia obrera, así que era algo muy misterioso y muy lejano para mí. Y encima, siendo mujer en esos años… La primera película que vi con conciencia de que la había dirigido una mujer fue El piano, de Jane Campion. Para mí, dedicarme al cine era impensable.
Entonces, ¿qué era más posible? El teatro. Y eso también tiene que ver con lo importante que es el contacto con la cultura en la infancia. En mi pueblo había un certamen nacional de teatro y venían compañías muy potentes. Creo que me eduqué en una sensibilidad hacia el teatro y el cine porque tuve acceso, pero la manera que encontré de vincularme fue a través del teatro.
Empecé a hacer cursos, pero también tenía el deseo de salir del pueblo e irme a Madrid. Me fui con una beca de movilidad y decidí estudiar en la Complutense, porque si estudiaba teatro significaba quedarse en Murcia. Estudié Sociología, que me encantó, y desde entonces mis proyectos siempre han estado atravesados por esa mezcla: sociología y teatro de la mano. Estuve en México trabajando con víctimas de trata, con adolescentes en riesgo, con personas migrantes… En mi trabajo artístico siempre ha estado marcado por lo social.
Quizás esa mirada sociológica siempre estuvo ahí, a la hora de escoger proyectos.
Siempre. Y creo que ya en el hecho de decidir estudiar Sociología eso estaba ahí. Al final somos una suma de lo que ya traemos, de lo que recibimos en nuestra familia y de todo lo que nos atraviesa en nuestro entorno. A la hora de crear personajes, esa mirada aparece: una mirada un poco sociológica hacia la realidad y la experiencia humana.
En Días de cine dijiste algo que me resonó: una película es el mundo filtrado por la singularidad de quien la crea.
A mí esa idea me sirve mucho a nivel creativo. Confiar en que tu mirada es única y valiosa porque estás filtrando el mundo a través de tu biografía, tu memoria, tus miedos, tus anhelos, tus inseguridades, tus deseos… Todo eso atraviesa a los personajes y a la historia. También me permite legitimarme como creadora: “esto es lo que yo puedo darle al mundo”.
Y es un proceso muy misterioso. Confiar en fuerzas creadoras que no controlamos y dejarles hacer su trabajo. Pero también estar en diálogo constante contigo misma. Es algo intuitivo, sí, pero también muy riguroso.
Hay directoras muy jóvenes que ya no hablan de barreras porque han crecido viendo a Carla Simón, Belén Funes o Celia Rico. ¿Cómo vives tú ese cambio?
Me emociona profundamente: algo bien estamos haciendo. Tener referentes cercanos con los que poder identificarse… es increíble.
Eva Libertad: Cuando hay un colectivo infrarrepresentado, las primeras incursiones suelen cargar con esa presión: personajes buenos, amables, casi pedagógicos. Y a mí me interesan los personajes contradictorios, que se dan de bruces consigo mismos.
En Sorda el personaje de Ángela está atravesado por la sordera, pero lleno de aristas. Miriam Garlo decía que no quería ser un personaje “representante” de la sordera, sino “representativa”. ¿Cómo fue el proceso para desligaros de su experiencia personal y construir su personaje?
Fue necesario porque el corto sí estaba inspirado en un momento de la vida real de mi hermana, cuando se estaba planteando ser madre, pero luego decidió no serlo. Yo, además, no tengo experiencia de maternidad. Así que hice una fase de documentación: entrevisté a madres sordas, a hijos de madres sordas y también a personal médico, porque Ángela atraviesa todo el proceso de la maternidad y me interesaba entender cómo había sido esa experiencia con el sistema sanitario.

Cuando documentas, te encuentras con un sustrato real muy potente, y yo quería que la película descansara ahí, por honestidad y respeto. Pero tampoco quería que eso me condicionara. La historia tenía que ser ficción y yo necesitaba sentirme libre al escribir.
Leí una frase de Borges: investigar, pero solo hasta el 40%. No sé por qué el 40%, pero decía que no quería sentirse constreñido. Yo tampoco quería quedarme atrapada en lo real ni hacer una película que fuese “todo lo que le sucede a una madre sorda”. Y, sobre todo, no quería que Ángela tuviera que ser ejemplar por el hecho de ser sorda.
Cuando hay un colectivo infrarrepresentado, las primeras incursiones suelen cargar con esa presión: personajes buenos, amables, casi pedagógicos. Y a mí me interesan los personajes contradictorios, que se dan de bruces consigo mismos. Quería que Ángela fuese así. Que la sordera estuviese —porque la atraviesa constantemente—, pero que fuese un personaje libre, incluso permitiéndole convertirse en la peor versión de sí misma, como nos pasa cuando entramos en crisis.
El último informe del Observatorio para la Diversidad en el Audiovisual señala que, pese a que hay más personajes que reflejan la diversidad, a menudo siguen estando mal representados. Cuando te dijeron que Ángela corría el riesgo de caer mal, ¿cómo te reafirmaste?
Me llamó la atención el doble rasero. Mientras ella corría el riesgo de caer mal y él era demasiado perfecto. Cuando me decían que podía caer mal, yo respondía: pues que caiga mal. Yo también me caigo mal a mí misma a veces. Todos metemos la pata. Gran parte de la vida está atravesada por momentos oscuros, por decisiones torpes, antes de poder llegar a otra cosa.
Se trataba de perderle el miedo a eso. Y, de hecho, sigue cayendo mal. En muchos coloquios —sobre todo hombres— señalan que ella cae mal. En el guion se cuestionaban actitudes que desafiaban ciertos roles de género y que, si fueran al revés, nadie señalaría. Con el personaje de Héctor pasaba lo contrario: “es demasiado bueno”. Entonces me preguntaba: ¿qué está pasando aquí? Si ella se muestra egoísta o actúa desde el miedo, es inadmisible. Pero si él cuida y muestra empatía, entonces es perfecto. ¿Cómo estamos mirando la masculinidad? ¿Y cómo miramos a los personajes femeninos?
Me sigue sorprendiendo que solo ahora empecemos a ver hombres “normales” en pantalla: hombres que cuidan, que dudan, que se muestran vulnerables. Durante mucho tiempo estuvieron ausentes.
Yo creo que desde que las mujeres estamos entrando más en la dirección y en la escritura, esos hombres empiezan a aparecer. Porque existen: son nuestros amigos, nuestras parejas, nuestros hermanos.
Me ha pasado algo muy bonito en coloquios: muchos hombres jóvenes dicen “me identifico con Héctor”, y algunos incluso dicen “Héctor es un referente para mí”. Me parece precioso.

Cuando el miedo a la reacción del público marca el proceso creativo, el resultado suele ser la homogeneización de las historias…
Creo que a esa pregunta de “¿a quién le va a interesar esto?” le estamos perdiendo el miedo. Con Sorda fue evidente: la recepción del público —pienso sobre todo en el público oyente— ha sido de empatía, curiosidad y un interés muy genuino.
Vivimos en una sociedad capacitista, donde la diversidad sigue invisibilizada y no se nos educa para relacionarnos con ella. Pero cuando el público se encuentra con esa realidad en pantalla, responde. Hay un deseo real de entender, de entrar en contacto. Lo hemos comprobado en muchos países.
Y volviendo a la sociología… pensaba en Adorno, cuando decía que el entretenimiento no es solo diversión, sino también una forma de control. La sensibilidad cinematográfica se educa. Aunque estemos saturadas de contenidos, hay una inteligencia humana deseando recibir algo que la interpele.
Yo lo llamo “contenidos snack”. Hay tanto que hay poco.
Sí, hay tantos contenidos irrelevantes que no te demandan ningún esfuerzo, que no hay que poner el cerebro a funcionar. Pero yo tengo la esperanza de que prevalece nuestra hambre de sentir, de reflexionar, de descubrir. Necesitamos otro tipo de obras, hechas desde otro tiempo, con más profundidad y más sensibilidad.
En mi experiencia, ese consumo de contenidos irrelevantes tiene mucho que ver con la falta de tiempo y la precariedad.
Te entiendo perfectamente. Estamos tan agotadas que el propio sistema parece generar los problemas y, a la vez, ofrecer soluciones rápidas para que todo siga funcionando: “toma esto”. A mí también me pasa. Pero cuando hay un momento en el que digo “hoy no voy a sucumbir” y me pongo Rocco y sus hermanos otra vez, me siento infinitamente mejor. Lo que ocurre es que no siempre podemos.
He leído que establecisteis algunos límites éticos en la puesta en escena. ¿Cómo los llevasteis a la práctica?
Cuando rodamos todavía no estaba tan implantada la figura de la coordinación de accesibilidad, así que fue un trabajo interno. Amigas y colaboradoras sordas leyeron el guion y me dieron feedback desde el inicio del proyecto. Lo primero que hice fue recopilar obras pictóricas de artistas sordas —que compartí con dirección de fotografía— para entender cómo representan el mundo. En esas pinturas los ojos y las manos eran centrales. Para una persona sorda, la experiencia entra por la mirada, así que colocamos la cámara a la altura de los ojos y hay muchos planos de Ángela mirando.

También decidimos no usar filtros de color, trabajar con colores puros. Y con la lengua de signos había una premisa clara: las manos siempre en cuadro. Eso condicionó la planificación —casi no hay primeros planos ni “planos de escucha”—, pero no lo viví como una limitación, sino como una forma de construir la película.
Además, trabajé los espacios como amables u hostiles para Ángela y el tempo, porque cuando todo entra por la mirada necesitas más tiempo para comprender lo que ocurre. Eso marcó su arco emocional.
El sonido es clave en la película. ¿Cómo decidisteis trabajarlo?
El sonido apareció con claridad en la tercera versión del guion. En el corto ya habíamos probado a entrar y salir de la perspectiva de Ángela según la intensidad emocional, pero en un largo no me funcionaba: ya que no quería un uso demasiado evidente o maníqueo, ese “ahora tienes que emocionarte”.
Lo que sí tenía claro es que quería su trabajar desde su experiencia sensorial. Cuando ella se desmorona, intuía que parte del público oyente no podría entenderla. Ahí decidimos pasar de estar cerca de ella a entrar directamente en su percepción. Pensaba en Lucrecia Martel cuando dice que el sonido es lo inevitable en el cine: los ojos puedes cerrarlos, los oídos no. Era una forma de obligarnos a acompañarla hasta ese lugar.
¿Cómo habéis vivido la promoción? ¿Habéis sentido que hacíais pedagogía?
Con ambivalencia. Sabíamos que la película iba a despertar interés también porque visibiliza algo muy desconocido, así que inevitablemente hay una parte de pedagogía. Pero, al mismo tiempo, a veces echaba de menos hablar más de lo técnico y lo cinematográfico, que la sordera no lo ocupara todo. Yo nunca pensé la película como una denuncia.
También entendemos que es un tema poco tratado y la gente quiere saber. Y luego está el hecho de que Miriam y yo seamos hermanas, que añade otra capa de exposición. Estamos aprendiendo sobre la marcha hasta dónde colocar ese vínculo y cómo gestionarlo.

¿Cómo ha sido la recepción y qué tipo de debates ha generado la película?
Me interesan mucho los espacios donde el debate está más politizado. En Latinoamérica, por ejemplo —en Guadalajara o Lima— la conversación estaba muy atravesada por cuestiones de diversidad, discapacidad y representación. Y eso me resultaba estimulante.
También disfruto cuando el diálogo se centra en lo técnico, en el guion o en las decisiones formales. Una película abre conversaciones distintas según el contexto y yo me adapto bastante.
A veces cansa que todo pase exclusivamente por la sordera, pero también entiendo que hay una responsabilidad. Como dice Miriam, la película no es “representante”, pero sí es representativa. No hay muchos referentes y eso genera un tipo de atención particular.
Para terminar: ¿qué te habría gustado que te preguntaran y no te han preguntado?
Me han preguntado muchas cosas, pero hay algo que casi nunca aparece y que para mí es central, porque me conecta con la película desde un lugar muy sincero.
A raíz de una pregunta de Celia Rico surgió una idea que me acompañó durante todo el proceso de escritura y rodaje. Para mí la película descansa en que, por mucho que nos acompañemos en los vínculos —en pareja, entre hermanas, en cualquier relación— hay un lugar al que entramos solas y al que no podemos acompañar a la otra persona.
Por mucho amor que haya, siempre hay un espacio de soledad. Y eso duele, pero también forma parte de la aceptación. Ese dolor y ese aprendizaje fueron fundamentales para construir el guion.

Cuando Héctor dice a Ángela que no puede cambiar su realidad…
Sí. Hay una soledad inevitable en la vida que debemos asumir. Por mucho amor que haya en cualquier vínculo, siempre hay un lugar de soledad.
