Mi madre señala un cuadro de Joan Miró y dice: «Ese lo puedo hacer yo». Es un punto azul, nada más que un punto azul, en un lienzo blanco enorme. Miró decía —voy a parafrasearlo— que así como el mínimo ruido puede llenarlo todo en medio del silencio absoluto, del mismo modo, aquel punto azul conseguía desbordar el vacío. Leo la leyenda del cuadro en voz alta y mi madre encoge los hombros. Caminamos por las otras salas del museo y se queda de pie frente a un óleo llamado Mujer, pájaro y estrella. Se cambia de gafas para leer la leyenda y, cuando termina, se vuelve a poner las gafas de lejos o las de media distancia o quién sabe cuáles. Los tres pares de gafas le cuelgan del cuello como si fuera una medallista olímpica. Enseguida dice: «No veo ni la mujer ni el pájaro ni la estrella, pero está bonito».
Le cuento, como para entretenerla o impresionarla, que hace poco descubrieron un retrato oculto de la madre de Miró en una de sus pinturas.
«Ajá», dice. «Pero ¿cómo que oculto?».
«Pues parece que había hecho un retrato de su mamá y luego pintó otra cosa encima».
«Ah, qué desgraciado. Pero ¿por qué?».
No sé qué decirle. «Supongo que para reusarlo», le explico.
Ella ha quedado con la cabeza ladeada. Me río porque reconozco en su expresión que aquello le parece inadmisible. Por unos instantes, ha viajado a una dimensión paralela en la que yo soy Miró y ella es la madre de Miró y, sin contemplación alguna, una tarde cualquiera, me decido a voltear un balde de pintura azul sobre un lienzo que lleva su rostro.
Para sacarla del trance, le pregunto si está cansada o si quiere seguir.
«Todavía aguanto», responde.
Hay algo que quiero preguntarle, pero aún no he encontrado el momento. Anoche, mientras conversábamos en el balcón de casa, se detuvo repentinamente en un gesto triste y me dijo: «Me he acordado de algo feo». Tragó saliva, sonrió tensamente y me mandó a traerle un vaso de agua. Después hablamos de otras cosas.
La agarro del brazo, porque ha tomado las pastillas hace más de dos horas y una de las piernas se le empieza a poner torpe. De un momento a otro, ha empezado a caminar como un caballito herido. Una pierna avanza con normalidad, pero la otra queda recogida, suspendida en el aire. Da un paso y esperamos unos instantes hasta que su otra pierna se decida a dar el siguiente, y así avanzamos paso por paso.
Hace cinco días se subió a un avión por primera vez en su vida. Sobrevoló el Atlántico, sentada por catorce horas, sin saber encontrar ninguna novela turca en la pantalla. Ninguna película de Richard Gere o Julia Roberts. Ninguna edición de American Idol o Britain’s Got Talent.
«¿Y qué hiciste?».
«Tomé Alprazolam».
«Ah, ¿y pudiste dormir?».
«No».
La experiencia más significativamente real que he tenido desde que vivo en Barcelona es ver a mi mamá pagar cinco euros por una postal de Miró. Verla tomar vermut. Que le pregunte a mis amigos «¿Tú también eres escritor?». Y que les cuente que, cuando mi hermano era un niño, tenía las orejas demasiado abiertas, tiradas hacia adelante, listas para planear como Dumbo, y ella se las pegaba a la cabeza con esparadrapo.
«Y así se le arreglaron», explica.
También le gusta contar por qué nos expulsó del kínder en el que ella era directora. Del kínder que era, además, nuestra casa: papá, mamá, hermano y yo dormíamos en uno de los salones del segundo piso. Pero nos envió a estudiar a otro lado, porque si no habríamos sido unos «abebados». Porque «nos creíamos los reyes del nido» y eso no lo podía permitir.
Los alumnitos del nido estaban casi todos becados, porque era 1993 y todo el mundo estaba en bancarrota. El nido también estaba quebrado y, por eso, los fines de semana mi madre organizaba almuerzos y cenas y noches de karaoke y colectas y tómbolas y el juego del cuy y vendía cervezas. Y la gente del barrio se conocía entre sí y se emborrachaba y decían que mi mamá era muy buena y que el país estaba muy malo.
La pierna boba se le ha relajado.
«Ya puedo sola», me dice.
«No sé, ma. Ayer ya te caíste».
«Me caigo todos los días, hijo».
En algún momento, días atrás, estuve sentado en la computadora cuando escuché un ¡pam! Al girar la vista, encontré a mi mamá en el suelo, balanceándose sobre su espalda para hallar el impulso para levantarse. El resto del tiempo la he seguido con la vista a una distancia prudente de rescate, para atajarla en caso de que trastabille. La veo ir de la cocina al balcón, fumar un cigarro y devolverse a la cocina enseguida para lavar el cenicero.
Le digo «Mami, siéntate un ratito. No tiene sentido que laves el cenicero cada vez que fumas».
«Déjame ser».
Le insisto.
«No», dice. «Quiero ver la lluvia».
Y enseguida estoy de pie a su costado y ella me toma del brazo para caminar juntos hasta el balcón.
«¿Ya habías visto llover así?», le pregunto.
«No, cholito. Si yo con las justas conozco Chiclayo».
La acompaño. Un rayo ilumina el cielo y después le sigue el estruendo. La calle empapada, las personas apuran el paso para llegar a la casa, o al bar, o al parking para buscar el carro.
Otro estruendo corta la noche.
«Pasumadre», reacciona ella.
Sé que es una exclamación, aunque el volumen de su voz sea bajito, por ratos apenas audible.
Unas veinte veces al día le digo ¿qué?, y acerco mi oído hacia ella. Cuando tiene que repetirse más de dos veces, se frustra: «Ya, nada, nada», dice.
Si ha descansado bien y está en la curva más amable del efecto de sus pastillas, consigue hablar con más agilidad y volumen. Y entonces me cuenta una historia sobre sus quince años, que cayó justo el día en que se levantó el toque de queda de 1975, que la abuela la obligó a usar un vestido horrible, que todos los demás iban en polo y jeans y ella se veía ridícula. El muchacho que le gustaba desde hacía dos años llegó con otra chica. Y unos meses después conoció a mi padre. Sus amigos tiraban las casacas encima de las lámparas, para bailar bajo una luz más íntima, y mi abuela sacaba las casacas y volvía la luz absoluta sobre la sala. Mi madre apenas si se podía mover en su vestido.
«Ay, tu abuela», se queja. «Qué fregada que era».
No se lo he dicho, pero desde que vivo en Barcelona, la mayoría del tiempo me siento como en The Truman Show, pero no como si fuese un reality, sino más bien una enorme broma. De pronto, quizá en una calle del Raval, todo el mundo se giraría hacia mí y me diría: ¿En serio creíste que esto era la vida? Cientos de personas —catalanes, marroquíes, ingleses, noruegos, argelinos, peruanos—, en todas las lenguas y dialectos posibles, me dirían: ¿Te lo creíste en serio? ¡Por supuesto que la vida no es así, bobo! Me quedaría quieto, estupefacto, y apuntaría mi dedo en dirección al bar Marsella: pero un momento, diría, ¿no es cierto que aquí tomaban absenta Picasso y Hemingway?
¡Sí, eso sí! Pero esta no es tu vida.
¿Y no es verdad que a la espalda de casa vivía Joan Manuel Serrat?
¡Sí! También eso es cierto. Pero esa no es tu casa.
¿Y los libros que me presté de la biblioteca?
Igual los tienes que devolver. Vamos, esos no son tus libros.
En todo este tiempo, no he podido quitarme la idea de que cada amanecer soleado, cada gota de lluvia, cada resplandor en el cielo, cada camiseta que cuelga de los balcones, cada grafiti en las persianas, son parte de una realidad construida, de un experimento, de una simulación, y constituyen así una experiencia artificial. No sé por qué.
Entonces, camino con mi madre por las calles y le señalo y le nombro las cosas. Y mi mamá asiente, y así me confirma que Barcelona existe.
Es el mismo ejercicio que hacen los niños: nombrar las cosas para que sus padres les confirmen que son reales, que aquellos objetos forman parte del mundo, que no son espejismos o alucinaciones. O que, en todo caso, los desmientan: No, eso solo pasa en la televisión. O eso es un invento de tu tía Marita. O lo que les convenga o sea oportuno según el caso.
«Mira esto», le digo y apunto el dedo al cielo azul y le explico que aquellos trazos blancos son las estelas que dejan los aviones.
Ella las mira sin mucha emoción.
«Son un montón, ¿ves?».
«Sí».
Alza la vista de nuevo y esta vez echa un largo vistazo.
«¿Te acuerdas a qué hora nací?», le pregunto de pronto, porque recuerdo que alguien me lo preguntó hace poco.
«¿Cómo no me voy a acordar? A las cinco».
«¿Cinco en punto?».
«Aunque no lo creas», responde. Y sé que la ironía que descansa en esa frase se debe a que mi madre cree que aún soy una persona impuntual. Así como cree que soy muchas otras cosas que ya no soy. A veces me dice: «Ten cuidado con la bicicleta, hijo, que tú no ves bien». Porque piensa que aún soy miope y olvida que me operé la vista hace diez años. También piensa que escribo los mismos cuentos de antes, entonces, cuando hablo de lo que escribo, muestra curiosidad. Pero enseguida se aburre cuando los lee, porque no le interesa tanto si son más maduros o imaginativos, sino que traten de nosotros: de los abuelos, de mi hermano, de ella.
«Necesito descansar y una pastilla», dice. Y nos sentamos en una terraza de Sant Antoni.
Chismeamos de mi hermano y de su novia. De mi papá y de sus hermanas. De mi sobrino, de mi exnovia, de mi primo. Hablamos del perro Simón, que lo sacó a pasear sola, se tropezó y cayó y el perro estuvo a punto de escaparse.
Se ríe. «Me da pena que se aguante para ir al baño».
«Mamá, pero no puedes salir sola con el perro».
Se ríe.
Dice:
«¿Es increíble que esté acá, no?».
«Es verdaderamente increíble».
Es un día bello. Un domingo soleado y silencioso.
«¿Qué vas a hacer cuando vuelvas a Lima?».
«No sé».
«¿Qué te gustaría?».
«No sé, cholito».
Me he dado cuenta de que casi nunca me ha hablado del futuro. Ni cuando era más joven. Me refiero en el sentido de los anhelos y las ilusiones. Si alguna vez ha conjugado los verbos de esa forma, ha sido para fines prácticos: burocracias, deudas y deberes. Pero también es cierto que, normalmente, no hablamos de cosas que en mi familia se podrían considerar serias y profundas. Para esas cosas, por alguna razón o varias razones, nos enviamos correos electrónicos. Cuando mi madre quiso que la ayudáramos a mudarse a casa de la abuela para estar con ella el día que muriera, nos mandó un correo. El asunto del correo era: «Carta», y adentro, en efecto, había un archivo de Word con una carta de dos páginas.
«Estoy escribiendo un cuento», dice.
Se le da maravillosamente bien escribir, sobre todo literatura para niños.
A mí, en cambio, me gustaría decirle que ya me cansé de escribir, que se me hace un secuestro, una actividad frustrante, desgastante y sin recompensas.
«¿Y de qué trata?», pregunto.
«Son dos mujeres, madre e hija, que empiezan a recibir paquetes raros en casa. El cartero los trae y ellas los reciben sin saber por qué. Así se van llenando de cosas y cosas».
«¿Y por qué?».
«Porque así es la vida, hijo. Te llenas de cosas que no quieres».
«Yo estoy intentando tener otro hobby», le digo. «O, más bien, tener un hobby real».
«¿Y por qué no pintas?».
«Nunca he pintado, mamá».
Se ríe:
«Seguro que un punto azul puedes hacer».
Y le digo que voy a comprar pinceles y acrílicos.
«Ya».
Y lienzos y óleos.
«¡Claro!».
Y que le enviaré fotos de lo que pinte.
«Ya, eso me gustaría».
Me dice que se siente mejor, que quiere ir a casa, pero que vayamos en taxi, que está cansada de caminar.
En el taxi, vuelvo a pensar en cuál sería aquel recuerdo feo que tuvo la otra vez. Si tendría que ver con mis abuelos, si tendría que ver con su hermano ―mi tío― que murió apenas este año. ¿Estará relacionado con las tantas cosas que su enfermedad le hizo sufrir? Tiene una amiga que está muy enferma también. Subimos las escaleras del brazo mientras pienso en todas esas posibilidades. Antes de entrar al departamento, le señalo la puerta de enfrente y le susurro un chisme sobre el vecino.
«¿El gringo?», pregunta, aún en el pasillo, en el volumen más alto que le permite su voz.
«Shh, cállate, sí», le digo.
La hago pasar rápido y, una vez en casa, le pregunto si quiere que abra una botella de vino.
Asiente.
Sirvo dos copas y nos ponemos en el balcón.
Estamos muy felices como para hablar de cosas feas. Y así será el resto de su visita. Tampoco le contaré de los dos primeros años aquí, que estuve profundamente triste y en bancarrota, que fui incapaz de conseguir trabajo y que me endeudé para siempre con todos los bancos de Perú. Me sentí vacío, fracasado y melancólico y mi sistema nervioso respondió con agudos ataques de pánico, insomnio y la sensación de estar al borde de la locura.
Cuando mi madre vuelva a Lima, la semana que viene, le voy a preguntar cómo está y me dirá que está bien. Le preguntaré si hay novedades y me dirá que nada en especial. Ella me preguntará cómo estoy. Y yo, pase lo que pase, como todos estos años, le diré bien, ma, estoy bien. Así será, llamada tras llamada, hasta que nos volvamos a ver. Y el día que suceda algo grave, si acaso llegara a ocurrir, nos enviaremos un email.
