El día que la tierra se detuvo (para algunos) - Contracultural

El día que la tierra se detuvo (para algunos)

El apagón que duró un día vs La ansiedad que lleva años.

Entonces Dios dijo: «HÁGASE LA LUZ», pero yo estaba echado en un sillón, fumando, escuchando música y leyendo, así que ni me di cuenta. Poco después, el grito de un niño entró por la ventana: «¡Hay luz, hay luz, hay luz!». Cerré los ojos. El apocalipsis se había suspendido. El ronroneo de los aparatos me lo confirmó. El mundo volvía a sus formas. Yo, a mi angustia.

Hace un año, no tenía trabajo, ni lugar donde vivir, ni ganas de escribir. Hoy… Estoy mejor. Sigo tomando clonazepam los domingos. Algunas ansiedades no se transan. Pero ya no abuso tanto de los fármacos, aunque sea para no generar resistencia. Ahora tengo un trabajito y un departamento con mi nombre en el contrato. Cosas básicas. Como la electricidad, el agua o la comida.

Por más cliché que sea, nadie puede negar que todos damos por sentado las cosas que tenemos hasta que las perdemos. No importa cuántas canciones de amor nos lo traten de enseñar, no vamos a entender. Como enseño Kaneman, somos ciegos a nuestra propia ceguera.

Era el 28 de abril de 2025. Me acuerdo que cayó un lunes. El día del apagón en gran parte de la península ibérica.

Yo lo viví durante mis últimos días en el Poble Sec. Me desperté cansado y tarde. Mi cóctel de fármacos para dormir estaba nuclear. Levantarme a buscar trabajo y un lugar donde vivir se me hacía una tarea difícil.

Como reflejo de un mal hábito, lo primero que hice fue mirar el celular. Tenía un mensaje de mi amigo Alonso: «Se fue todo a la rcsm, ¿no?». Mi roommate en Madrid escribió como en código morse: «Madrid. Problemas con internet. No hay electricidad.» Como soy lento, les pregunté a qué se referían. Pero, obviamente, mis mensajes nunca salieron.

Me pareció raro, pero no fue hasta que me dio hambre y traté de calentar una lasaña en el horno que entendí: no había electricidad en toda la finca. Tampoco me llegaba la conexión 5G. En Chile había estado en apagones, pero nunca uno así. En los 90’, un apagón era emocionante y siendo un niño me emocionaba ver mi casa alumbrada con velas. De adolecente me estresa no poder jugar Counter Strike. Pero ya más en mi adultez, los apagones eran un inconveniente menor, porque, a pesar de que las líneas de comunicaciones colapsaron en un principio, siempre alcanza algo para mandar uno que otro mensajito y revisar internet.

Esta vez no había ni siquiera un pedacito de 3G del que agarrarse. La desconexión era total.

Salí a ver qué pasaba afuera. Me crucé con el vecino del 3A, que subía su scooter por la escalera, jadeando. 

—¿Se cortó la luz en la finca o en todo el barrio? 

—No sé —me dijo, con el aliento entrecortado—. Creo que en todas partes.

Afuera, en las laderas de Montjuic, la falta de electricidad se volvió evidente. Los dependientes del Condis y el Caprabo que tenía a mis costados fumaban en la acera con algunos vecinos, mientras un par de viejos trataban de sintonizar una radio a pilas. Nadie entendía bien qué pasaba.

Sentí una emoción extraña. Como cuando era niño y había paseo de curso. No era un día normal. Me encantaban los días anormales, como cuando nevó en Santiago.

Salí a pasear con un pito, a ver el brave new world, y me encontré con IU, un artista urbano que también hacía de barman en mi bar predilecto.

 —Eh, IU, ¿qué pasa? 

—Nadie sabe nada, Javi. Puro rumor. 

—¿Cómo qué? 

—Que no es solo España. Portugal también. Francia. Algunos dicen Bélgica, Países Bajos… Que fue un ciberataque ruso. O un incendio en una planta eléctrica en una ciudad francesa que nadie conoce. 

—¿Y cuánto dicen que va a durar? 

—Ocho horas. Tres días. He escuchado de todo. 

—¿Tres días? —Le pregunté entendiendo la implicancia.

—Quién sabe. La gente habla.

Nos despedimos. 

—Nos vemos, Javi. 

—Si Dios quiere —le dije, mirando al cielo.

Nunca entendí cómo se habían esparcido esas teorías si nadie tenía medios de comunicación para recibirlas. ¿Quién inventa las cosas cuando no hay internet para esparcirlas?

De todas formas siempre fue estimulante juguetear con ideas catastróficas. Quizás se habían invertido los polos magnéticos. O una llamarada solar había frito todos los generadores eléctricos.

La gente del barrio reía y se tomaban con bastante calma la situación. Era una escena encantadora, pero también era perturbador pensar en qué pasaría si la situación se prolongaba. Murakami fue quien dijo que «todos, en el fondo de su corazón, están esperando el fin del mundo». ¿Pero qué haríamos cuando sucediese y se acabaran las risas?

Cuando llegué a El Molino, me rugió el estómago. Casi todo estaba cerrado. Tenía cinco euros y unas monedas, así que entré a un 365 que seguía a medio abrir. Adentro, en la penumbra del local, la gente se peleaba por conseguir algo de comida. Los dependientes trataban de explicarle a las personas que lo que veían era todo lo que había y no era mucho. Que no, no se podía pagar con tarjeta. Que no podían dar cambio porque la registradora no abría. Una de ellas, con una calculadora, trataba de hacer las cuentas para quienes tenían efectivo para pagar.

Compré una de las últimas ensaladas y me senté a mirar. Había caos, pero también algo más. Quizás era la ilusión de terminar temprano su turno, pero me pareció que también se reían al ver que eran ellas, por fin, las que tenían el control dentro del local, sin jefe a quien responderle.

Sentado ahí me pregunté si era correcto ir donde Alonso a pasar la tarde, pero no tenía cómo avisarle. ¿Estaría en su casa? ¿Cómo iba a tocar el timbre? No quise ponerme a gritar su nombre desde  la calle, así que retomé el paseo.

Pasé por el parque de las tres chimeneas. Estaba lleno: padres jugando con sus hijos, skaters, gente tirando al aro. Era un perfecto y soleado día de primavera. Hacía tiempo que no veía a tanta gente en las calles, tan contenta, casi despreocupada. La verdad, ¿qué más se podía hacer?

Me acordé de cuando salió Pokémon GO. Esa maravillosa semana en que el juego de realidad aumentada hizo que personas de todas las edades y estratos económicos pasearan por las calles cazando criaturas invisibles. Entonces fue la tecnología la que nos hizo salir en masa a reencontrarnos con el mundo. Ahora era su ausencia la que había llenado los parques.

Pasé por una tienda donde me atendió un señor de sonrisa amable. Me ayudó a encontrar una botella de Nestea y unas papas fritas, como si supiera exactamente lo que buscaba. 

—4.50 —me dijo. Le pagué con el último billete de cinco que tenía. 

—¿Sabes algo? —me preguntó, sonriendo. 

Le dije que solo había escuchado rumores. Que algunos hablaban de tres días. Se rió. Me explicó, en un castellano trabajado, que en su país los apagones eran comunes. Que el mundo y el comercio no se detenían por un corte eléctrico, que muchas cosas seguían funcionando igual. Una mujer interrumpió nuestra conversación para reclamarle por el precio de unas velas que le había comprado. También quería más. Regateaban en un idioma que no entendí. Cuando volvió su atención hacia mí, repitió: 

—¿Tres días? 

—El apocalipsis —le dije—, ¿o no? 

Sonrió.

 —Si las luces vuelven al tercer día, ya no va a quedar nadie para verlas.

«Solo hay nueve comidas entre la humanidad y la anarquía», escribió Alfred Henry Lewis en 1906. Mucho antes de vivir en una sociedad electrodependiente como la nuestra. Quizás dos días ya habrían bastado para dar pie a las revueltas y los saqueos.

El pronóstico del tendero me pareció razonable. Y, sin embargo, no sentí angustia. Por primera vez en mucho tiempo, de hecho, estaba tranquilo sin la ayuda del «doctor». La idea de no tener que buscar trabajo ni casa porque el mundo se acababa me resultó… reconfortante. Hay cosas para las que uno no se puede preparar. No estar preparado para nada, de pronto, era una ventaja. La caída de la civilización favorece a quienes tienen poco invertido en ella. Y yo tenía bastante poco.

Volví a mi casa, me armé otro pito y aproveché para leer Oposición, de Sara Mesa, antes de que se acabaran los últimos rayos de sol. Y pasó el niño, corriendo por el carrer de Piquer, anunciando a gritos que ya había vuelto la luz..

El mundo volvía a girar como siempre. Antes de que eso significara algo, le escribí a Alonso. Le pregunté si podía dejarle mis libros mientras encontraba un piso definitivo, aunque en realidad quería tomarme unas cervezas y no hacer nada más que cotillear sobre lo extraño que había sido el día. Me respondió: «Vente, vente, vamos a hacer un ceviche.»

En su casa estaban los de siempre. Habían llegado sin necesidad de coordinarse ni de medios de comunicación. Llevaban tomando desde el mediodía. Me puse al día rápido con un vaso de cerveza y un cortito de mezcal.

Nos sentamos alrededor de la mesa y alguien propuso dar las gracias. Nadie era particularmente creyente en alguna deidad, pero igual lo hicimos. Por la cordura de hacerlo. Por estar juntos. Por si acaso. De cualquier forma nos teníamos a nosotros.

Recordé los diez mandamientos: la prohibición de matar tiene el mismo peso que la obligación de descansar. Se podría argumentar que desconectarse un día a la semana es tan vital para la cordura como no ir matándose por las calles. 

 —La próxima vez vengo directo a atrincherarme acá —le dije. 

—Aquí nos acuartelamos todos —respondió.

Horas después, de vuelta en mi casa, vi el celular. Lo había dejado olvidado durante el día. Ahí me comenzaron a llegar decenas de notificaciones. Mensajes. Llamadas perdidas. Noticias. Alertas. El aparato vibraba y parpadeaba reclamando atención.

No quise mirarlo. Lo ignoré como un adicto ignora a sus amigos cuando van al baño. Al final lo revisé.

Entre los mensajes del grupo familiar había uno que me revolvió el estómago. No era alguien cercano. Ni siquiera alguien que conociera. Era el obituario del amigo del hijo de mi prima. Once años. Alguien comentaba que un padre había ido a buscar a su hijo a una fiesta. Cruzaron la calle donde no debían. Un auto los arrolló. El niño murió. El padre quedó en cuidados intensivos. Las tragedias del mundo no dejan de existir porque uno deja de enterarse.

Tiempo después supe de otras escenas de ese día. A Lautaro le tocó ver a las personas en la periferia de Madrid bajar a la calle a compartir lo poco que tenían en sus refrigeradores con los vecinos. Elena había tenido que realizar su mudanza a pulso, piso por piso, de un barrio a otro, con la sola ayuda de su hijo. Blanca tuvo que caminar kilómetros con su hijo recién nacido desde el hospital hasta su casa porque no había transporte ni forma de pagar un taxi. También historias más extrañas. Decían que Viggo Mortensen había pasado horas atrapado en el metro de Barcelona. No para todos había sido un día de respiro como lo había sido para mí.

Esa noche preparé la lasaña que había intentado calentar en la mañana. Tuve que tomarme un 0,5 para poder comerla. Al día siguiente tenía que volver a lo mismo: buscar trabajo, mudarme, hacerme un lugar en el mundo. La luz había vuelto. Todo lo demás, también.

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