Desahucio - Contracultural

Desahucio

Maricarmen
Fotografía: Sindicato de inquilinas de Madrid
Personas de todas las edades, pero sobre todo jóvenes, pusieron el cuerpo para impedir que la echaran a la calle.

Una anciana murió anoche. Débil como una burbuja de jabón, fuerte como una bandera izada. A esa señora no la conozco y, al mismo tiempo, la conoce todo el mundo, y por ende yo también; es así como su pérdida me ha producido una inmensa tristeza y rabia. Vivió más de setenta años en un piso en el centro de Madrid y fue desahuciada hace un par de semanas: como le ocurre a miles de personas en España, en una crisis de vivienda simplemente intolerable. La compañía dueña de su piso se negó a todos los intentos de negociación: casi parecía algo personal, como si en el núcleo de aquella empresa se hubiera germinado una saña contra esa señora, un especial desprecio por tener el espíritu rebelde, por convocar a decenas de personas (luego cientos, luego miles) para que la defendieran. Personas de todas las edades, pero sobre todo jóvenes, pusieron el cuerpo para impedir que la echaran a la calle. Mientras hubo otros —no vamos a nombrarlos— que apostaron por lo más vulgar, inmoral, insensible, cruel, despojado de toda humanidad, y prefirieron estar del lado del dinero y de las reglas del mercado. Salieron a decir que aquella anciana era una aprovechadora, que la empresa estaba en su derecho. Todo esto era un teatro, dijeron, y señalaron como prueba que la anciana salió desahuciada en una camilla, haciendo el papel de víctima. Y ahora ha muerto, por supuesto, como parte del mismo espectáculo. Debería haber salido andando esa anciana fuerte y débil, debió haber extendido cuatro trapos en la Puerta del Sol y acampado bajo la lluvia y la tormenta. Es lo que se espera de una bandera izada. Supongo que aquello les hubiera parecido más coherente y más digno a que una anciana se muriera a semanas de su desahucio solo con la intención de victimizarse. Ahora, por no dejarla morir en su casa, le dieron vida a un símbolo, le dieron todavía más ímpetu a la protesta en la calle, más razones a la huelga general, más rabia a los que estamos hartos de que se pueda especular con la vida de la gente. Siempre me impresionó lo fuerte que fue esa mujer a sus ochenta y siete años. Ojalá yo a su edad, ojalá yo a la mía. 

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