El pianista James Rhodes no encaja en el molde tradicional de la música clásica. Ni por trayectoria, ni por discurso, ni por la forma en la que aborda sus recitales. Con motivo de la presentación de su nuevo álbum, Manía, quedé para charlar con él en su hotel en Barcelona.
Tras varios meses de gira, Rhodes vuelve a tocar en uno de los espacios más emblemáticos de la Condal, el Palau de la Música Catalana. “No hay un recinto más bello en toda España”, asegura, antes de añadir un matiz más íntimo: «la última vez que toqué allí fue también la última vez que mi madre pudo verme en directo antes de morir. Siempre me da mucha nostalgia volver”.
Ese vínculo emocional define tanto su relación con la música como el enfoque de su nuevo trabajo. Manía es, ante todo, un relato emocional de sus experiencias vitales a través de la música clásica. “Cuenta mi historia desde el infierno que viví en Inglaterra hasta el paraíso que encontré en España”, me aclara nada más iniciar la entrevista.

El concierto suele arrancar con una pieza que marca ese origen: el adagio para oboe de Alessandro Marcello, en la versión para teclado de Bach. “La escuché por primera vez en un hospital psiquiátrico en Inglaterra y cambió mi vida”, confiesa. Desde ahí, el repertorio avanza como un itinerario de claroscuros, con piezas más breves y luego más extensas: “siete u ocho, como estaciones que ponen la banda sonora a mi trayectoria vital”.
En ese recorrido, Manía se detiene en momentos clave del repertorio romántico, pero siempre desde una lectura personal. Sobre Nocturnes Op. 27 : No. 2 de Frédéric Chopin, una de las obras centrales del programa, Rhodes no duda: “Para mí es su mejor obra… casi como su testamento”. La describe como una improvisación extensa, “como Chopin en el piano con sus amigos diciendo: ‘oye, cuéntanos tu vida’”. En ella, encuentra condensados “su rabia, su dolor, su amor y su esperanza”. Una intensidad que rompe con la imagen tópica del compositor enfermizo y frágil: “Escuchas una pieza así, con ese heroísmo, y es impactante”.
El álbum también incorpora, por vez primera, composiciones españolas que demuestran el cariño por su tierra de acogida. Así, la inclusión de Asturias de Isaac Albéniz tiene un valor simbólico claro: “Es mi manera de afirmar: soy español ahora. España ha cambiado mi forma de ver la vida”. A ello suma influencias latinoamericanas, como una obra del compositor Alberto Ginastera, ampliando el mapa emocional del disco en un claro guiño a las raíces argentinas de su esposa. “Hay siempre un descubrimiento en ella, explorar la música clásica de un país tan vivo como Argentina, fue realmente maravilloso”.
Otra de las claves del proyecto es el uso de contrastes extremos, especialmente a través de la música de Serguéi Rajmáninov. Rhodes interpreta dos estudios-tableaux sin pausa, construyendo un díptico narrativo: “El primero, muy tranquilo, con tanta paz… representa mi llegada a España, donde puedo respirar y sentirme seguro”. El segundo, en cambio, es “mucho más oscuro, con rabia… con cuatro o cinco melodías a la vez”, y lo asocia directamente con tensiones contemporáneas: “los políticos, la prensa, las redes, el acoso”.
El imponente pasaje ‘Los Montesco y los Capuleto’ del Romeo y Julieta de Prokofiev abre la parte final con una cadencia muy particular, generando una cierta tensión. Es el momento de cambio, el punto de inflexión en la vida de James. Finalmente, la selección se completa con obras de Johannes Brahms y Robert Schumann, especialmente de sus últimas etapas. Rhodes se siente cercano a ese tono crepuscular: “Tal vez porque siento que estoy en mi última etapa de decadencia”, dice con ironía. En el caso de Schumann, introduce una dimensión narrativa explícita: explica al público la historia de su relación con Clara antes de interpretar una pieza en la que aparece, de forma casi oculta, el tema del Ave María. “Es su manera de decirle: te veo, te escucho, te amo”, relata. Ese momento, asegura, transforma la escucha: «el público reconoce la cita y reacciona emocionalmente, es muy poderoso”.

Tras apuntalar las claves y elecciones de Manía, conversamos acerca de divulgar la música clásica a las nuevas generaciones. Rhodes insiste en que la música clásica no necesita ser cambiada, pero sí su forma de presentarse: “La música está perfecta, pero el formato no”. Por eso habla entre piezas, rompe el protocolo tradicional y busca una experiencia más inmersiva. “Me da vergüenza ajena ver conciertos donde la gente está leyendo el programa mientras alguien toca”, critica. Frente a eso, propone apagar las luces, generar intimidad y conectar directamente con el oyente.
Para Rhodes, el problema no está en los músicos, se trata de una cuestión estructural de un sistema que mercantiliza la clásica de una determinada manera. “Hay esta idea de que la clásica pertenece a un grupo concreto de gente. Es una patraña”, afirma sin rodeos.

Su rechazo al elitismo, que históricamente ha rodeado a la música clásica, atraviesa todo el discurso. «¿Qué más da cuántos movimientos tiene una sonata de Beethoven?” Para él, la música no requiere conocimientos previos: “Solo necesitas dos oídos”, afirma. Sin embargo, denuncia que las instituciones siguen cerrando puertas: “Hablan de nuevos públicos, pero quieren el mismo de siempre: gente adinerada o muy culta”. En contraste, sus conciertos reúnen perfiles diversos, desde jóvenes hasta público habitual, algo que considera uno de sus mayores logros: “Es un trampolín hacia un mundo muy cerrado, por eso he tratado de interpretar muchos compositores distintos esta vez. Luego, algunos de los chavales que acuden a mis conciertos buscan música clásica en su Spotify y descubren un mundo nuevo”.
Esa voluntad de apertura también se refleja en su repertorio híbrido y en su rechazo a jerarquías culturales. “¿Quién tiene derecho a decir que Chopin vale más que Serrat?”, plantea. En su visión, la música, sea de Wolfgang Amadeus Mozart o de un cantautor contemporáneo, cumple la misma función esencial: provocar emoción, generar sentido, acompañar la vida.
También conversamos del aspecto terapéutico de la música. “Solo desplazarte a un lugar y dejar el puñetero móvil y tus preocupaciones de lado durante una hora para disfrutar de la música, ya me parece sanador en este mundo de adictos digitales”, afirma. Asimismo, James habla de la virtud de tocar un instrumento y jugar con la música como un hábito fundamental para su salud mental. “El piano y la música me salvaron la vida y me ayudaron a apasionarme de nuevo, ansío compartir ese amor y esa pasión con cuántas personas pueda”. De tal modo, a lo largo de su trayectoria, James ha impulsado donaciones de instrumentos, becas de formación musical para jóvenes con pocos recursos. “La música de sala debería ser mucho más accesible y deberían concederse más oportunidades sin importar la clase, la edad ni el género”.

Su propia biografía refuerza ese discurso todavía contracorriente. Rhodes no fue un niño prodigio. Empezó tarde, abandonó durante años y regresó al piano con 28, en una decisión que él mismo describe como casi imposible. “Es como querer empezar a jugar al tenis con 30 años y aspirar a ganar el campeonato de Wimbledon”, compara. Sin embargo, años de trabajo técnico y disciplina le han llevado a escenarios como el Teatro Real o el Auditorio Nacional de Música. “Es un milagro estar aquí”, reconoce.
Esa exigencia técnica, casi obsesiva, es precisamente la “manía” que da título a su último proyecto. Rhodes habla de la interpretación musical en términos casi quirúrgicos: “para cada concierto son miles de notas memorizadas, cada una presionada con un peso exacto de cada dado en gramos. Si te equivocas en eso, para mí el concierto está estropeado. Menuda locura, ¿no?”, me confiesa. Sin embargo, desmonta también el mito del pianista obsesivo encerrado ocho horas al día practicando: “Con tres o cuatro horas de práctica diarias bien enfocadas es suficiente”.
Más allá del virtuosismo, su interés está en la conexión emocional. Por eso defiende tomarse un tiempo para contextualizar las obras, explicar historias y acercar al público a compositores que a menudo se perciben como lejanos e incluso rancios. Tras el impacto de su libro de memorias y divulgación musical Instrumental, participó activamente en la creación de la ley de protección infantil, ampliamente conocida ya en nuestro país como la ley Rhodes. Una experiencia que, admite, tuvo un coste personal muy elevado. “Ha habido ataques, insultos deleznables de la ultraderecha, pero la ley salió adelante y mi trabajo político está hecho, respiro tranquilo…”.
Hoy, sin embargo, no volvería a involucrarse en el “fangal de los políticos” “por nada del mundo”. Prefiere un enfoque más introspectivo: “En este momento, cambiarme a mí mismo también es una forma de mejorar el mundo”. Y en ese camino, James Rhodes se ha convertido en una figura incómoda para algunos, pero imprescindible para entender hacia dónde puede ir la música clásica en el siglo XXI. Manía, en un equilibrio delicado entre lo técnico y lo íntimo, vuelve a demostrar la capacidad de Rhodes para interpretar compositores clásicos y devolveros a la contemporaneidad con una narrativa emocionante y cercana.
