En medio de la sala hay una piscina inflable convertida en instalación artística. ¿O es un mueble donde te puedes recostar cómodamente? Quizás las dos cosas. A un lado, alguien recita poesía en ruso. Más allá, una DJ prepara el siguiente set mientras un grupo de desconocidos comparte vino y conversa como si se conocieran de hace años. Nadie parece saber exactamente qué va a ocurrir esa noche. Y quizá esa es precisamente la idea.
Así funciona Znak, una comunidad artística desarrollada en Barcelona post pandemia y que, con el tiempo, ha terminado convirtiéndose en algo mucho más amplio que un simple open mic. Lo que comenzó como una pequeña reunión de poesía en ruso en un coworking de Sagrada Família es hoy un espacio multidisciplinar donde conviven músicos, poetas, bailarines, cineastas, performers y artistas visuales de distintos países y generaciones.
“Todo empezó porque echaba de menos este formato”, explica Aleta Aydarti, fundadora del proyecto. Antes de mudarse a Barcelona, era host en eventos poéticos en Rusia junto a una revista cultural online. Al llegar a la ciudad encontró escenas muy definidas —open mics exclusivamente en español o exclusivamente en inglés— pero ninguna terminaba de representar lo que buscaba. Quería escuchar más idiomas, más disciplinas, más formas de expresión. Y, sobre todo, quería volver a rodearse de gente creativa.

Los primeros encuentros fueron modestos. Era 2020 y todavía existían restricciones sanitarias. No podían reunirse más de dieciocho personas. El primer evento fue completamente en ruso porque ella todavía no hablaba inglés con soltura. Pero rápidamente comenzaron a aparecer personas de otros lugares: inmigrantes, artistas locales, curiosos atraídos por aquella inusual mezcla de poesía y comunidad.
Ya en el segundo evento había un pianista. Después llegaron bailarines, músicos electrónicos y performers. Un lingüista recitó en griego antiguo. Más tarde aparecieron poemas en árabe y japonés. El idioma dejó de importar demasiado.
“No necesitas entender algo para disfrutarlo”, comenta Martín Corral, jefe de comunicaciones de Znak. “La poesía también es musicalidad. Puedes no entender una palabra y aun así conectar con la emoción.”

Esa idea atraviesa todo el proyecto. En Znak, la experiencia colectiva importa más que la perfección técnica. Nadie espera encontrar una programación cerrada ni una estructura convencional. Cada evento cambia según el espacio, los artistas y las conexiones que surgen en el momento.
“Si vas a una galería sabes más o menos lo que vas a encontrar. Aquí nunca sabes qué demonios va a pasar”, dicen entre risas.
Y precisamente ahí reside gran parte de su identidad.
En una misma noche puede convivir un recital melancólico con un DJ set electrónico, una instalación improvisada o una performance creada entre personas que se conocieron apenas unas horas antes. Algunos llevan años trabajando en arte contemporáneo; otros se suben por primera vez a un escenario.
“Nadie se ríe cuando alguien se equivoca”, explica Aleta. “Y eso es muy raro.” Es un espacio seguro para la práctica artística, donde una equivocación es parte del aprendizaje.

Más que una plataforma artística, Znak funciona como un espacio de pertenencia. La comunidad se construye tanto dentro como fuera del escenario. Después de cada open mic, las conversaciones continúan en balcones, terrazas o zonas de fumadores. Allí nacen colaboraciones, amistades y proyectos nuevos.
Mauricio Guell, pianista y productor de eventos de Znak, recuerda haber asistido a uno de aquellos primeros eventos, rodeado mayoritariamente de poemas en ruso que no entendía. Aun así, algo le hizo quedarse. “Había un chico recitando y de repente dijo ‘Barcelona’. No entendí nada más, pero sentí la conexión inmediatamente.”
Con el tiempo, esas conexiones terminaron materializándose en colaboraciones reales: canciones creadas junto a poetas, portadas diseñadas por artistas ucranianas, performances improvisadas entre desconocidos y nuevos colectivos surgidos directamente de la comunidad.

La dimensión colectiva de Znak se volvió tan importante que eventualmente necesitaban de un espacio propio. Durante un tiempo trabajaron desde un pequeño local en Les Corts, pero la comunidad seguía creciendo. Tras meses de búsqueda encontraron el lugar donde actualmente desarrollan sus actividades: un antiguo edificio escolar de principios del siglo XX.
Cuando entraron por primera vez, no había electricidad ni baño.
“Lo hemos construido nosotros”, cuentan. “La gente traía materiales, hacía donaciones, venía a pintar paredes. Porque sienten que este lugar también es suyo.” Una vez más, la noción de comunidad haciendo sentir su peso en el proyecto.

Hoy el espacio Afterschool (debido a su pasado escolar), situado en Sant Antoni, funciona como sede de Znak pero también acoge otros proyectos culturales y de investigación artística. Exposiciones, talleres, conferencias, proyecciones y actividades multidisciplinares conviven bajo el mismo techo. Incluso planean desarrollar actividades dirigidas a niños y abrir todavía más el proyecto a otros ámbitos sociales.
Porque si algo repiten constantemente durante la conversación es que el arte no debería pertenecer únicamente a una élite cultural.
“Existe esta idea capitalista del genio solitario”, comenta Aleta. “Pero no es verdad. Para escribir poesía necesitas rodearte de poetas. Para hacer arte necesitas estar con gente que ama el arte.”
Esa filosofía también impacta en su manera de entender los open mics y las convocatorias abiertas. Frente a galerías tradicionales donde muchas veces solo acceden artistas con grandes currículums y redes de contactos, Znak apuesta por generar espacios donde cualquiera pueda participar, independientemente de su experiencia o procedencia.

Especialmente para quienes llegan desde otros países, ese tipo de oportunidades puede resultar fundamental.
“Puedes haber hecho arte increíble en tu país y llegar aquí sin contactos, sin CV, sin espacio donde mostrar lo que haces”, explican. “Por eso necesitamos más lugares así.”
La conversación termina como empezó: entre interrupciones, gente entrando y saliendo, amigos saludándose y propuestas cruzándose en medio del ruido. Se sirve más vino. Alguien habla de un nuevo proyecto. Otro menciona una performance improvisada donde artistas desconocidos tuvieron treinta minutos para crear algo juntos. Al final, varios de ellos terminaron convirtiéndose en amigos.

Quizá esa sea la mejor manera de entender Znak. No como una galería, ni un colectivo cerrado, ni un simple open mic. Sino como un lugar comunitario donde el arte funciona como excusa para encontrarse cara a cara.
