La cineasta argentina Milagros Mumenthaler conversa con Contracultural sobre Las Corrientes, una película donde el sonido, los silencios y las texturas visuales construyen una experiencia profundamente sensorial. En esta entrevista habla del proceso creativo detrás del film, la construcción de su protagonista, la representación del trauma y el complejo momento que atraviesa actualmente el cine argentino.
Tu película tiene un aspecto sensorial muy trabajado, creo que los silencios, nos obligan a imaginar y crear nuestras propias conexiones o explicaciones. La significancia de las texturas visuales y sonoras están cargadas de sentido. ¿Esto lo planteaste desde el guión o lo fuiste encontrando más bien durante el rodaje de la película?
Milagros Mumenthaler. Desde que empecé a escribir guiones, el sonido aparece desde el primer momento. Del mismo modo que surgen los diálogos o los personajes, también surge el sonido. Trabajo mucho con las imágenes, pero el universo sonoro está presente desde la escritura.
A veces incluso aparecen cosas muy concretas. De repente escribo el ruido que hace un haz de luz y recién después se ve la luz. Entonces uno se pregunta: ¿qué ruido hace un haz de luz? Ese es un trabajo creativo muy lindo. En el imaginario de cada uno, ¿cómo suena un haz de luz? ¿O cómo debería sonar en esta película? Porque podría sonar de mil maneras distintas.
¿Cómo suena en tu película un haz de luz, por ejemplo?
Eso se define en la etapa de postproducción, durante el diseño sonoro. A veces un solo sonido está compuesto por trece sonidos distintos superpuestos. En un momento yo decía: «No, tiene que ser un sonido más mágico». Y a partir de esa idea empezamos a probar con campanitas muy sutiles o con sonidos más brillantes.
Así se va encontrando el tono. Vas superponiendo distintas capas hasta construir un único sonido para ese haz de luz.
Pero digamos, un diseñador de sonido tiene que saber entenderte, ¿no? Tiene que lograr una comunicación para que interprete tus ideas.
Sí. En realidad, en el cine la comunicación es fundamental y, al mismo tiempo, muy difícil. No siempre es fácil transmitir con precisión lo que uno imagina, ni tampoco que el otro lo interprete exactamente como uno lo pensó. Es un proceso de ida y vuelta, de prueba y ajuste, que requiere mucho diálogo y una búsqueda compartida.

Alguna vez me dijeron que el trabajo del director consiste en rodearse de buenos colaboradores y saber comunicar lo que tiene en la cabeza para que los demás puedan interpretarlo y construirlo. Al final, el cine es siempre un trabajo colectivo, ¿no?
Sí. En mi caso, además, trabajo con guiones muy precisos. Para todos los colaboradores —inclusive para los actores— el guion es la herramienta clave desde la cual empezar a trabajar.
Como guionista quería preguntarte por la protagonista. Lo primero que vemos de ella es recibiendo un premio: tiene la imagen de una profesional reconocida, alguien admirada y exitosa. Pero al mismo tiempo carga con un problema muy profundo que la atraviesa. Aun así, sostiene esa apariencia de mujer fuerte y competente. ¿Cómo llegaste a este personaje? ¿Cómo lo construiste?
En realidad me pareció interesante desde el principio. Es un personaje que tiene capas, muchas, muchas capas. Alguien que, en el momento más inesperado, cuando por fin tiene un instante para sí misma, cuando no hay nadie mirándola, deja que su cuerpo hable.
Me interesaba construir un personaje que esconde algo, que carga con un trauma. Un personaje desplazado, que vive haciendo un esfuerzo constante de representación. Eso atraviesa su manera de moverse, de relacionarse con los demás, de estar en el mundo. Está todo el tiempo ocupando el lugar de lo que cree que debería ser, y muy poco conectada con lo que realmente siente en el presente.

Respecto al trauma, da la sensación de que hay heridas que vienen de muy atrás y que la protagonista arrastra desde hace mucho tiempo. Y después está la relación con su hija. Esos dos vínculos terminan definiéndola de una manera muy profunda.
Para mí, la hija es su ancla en todo momento. Si no fuera por ella, probablemente ya se habría ido, se habría perdido. Y con respecto a la madre, creo que cuando uno tiene una madre que se abandona a sí misma, que atraviesa problemas graves de salud mental, es muy fácil vivir esa experiencia como una forma de abandono.
Uno puede pensar en un doble abandono, Lina también de alguna forma hay algo, abandona un poco a su madre, pero para mí es como un gesto como muy visceral, como algo muy epidérmico, para poder existir me tengo que alejar. Entonces me parece que en ese momento ella intenta ser mejor que su madre, y vuelve con su hija e intenta no repetir lo mismo, como suele pasar muchas veces. Porque, aunque uno se lo proponga, muchas veces termina repitiendo, sin querer, aquello mismo que quería evitar.
Al final, estamos hablando de salud mental, un tema que muchas veces sigue rodeado de estigmas. Muchas veces no los enfrentamos, no los aceptamos, o los ocultamos. Pero sí, también sentí lo que acabas de decir: ella ha roto el ciclo.
Sí. En realidad, ella rompe con el abandono. Después está el fantasma de la herencia, de una posible enfermedad psicológica, que me parece que está siempre presente, rondando. Ese miedo atraviesa a todos los personajes. Está en ella, está en el marido, está en la relación con la hija. Hay una inquietud constante, como una especie de miedo.

Me gusta que la película no resuelva todo de forma explícita. No nos dices: «Estas son las tres causas de lo que ocurre», sino que dejas espacio para que el espectador interprete, o incluso para que algunas cosas permanezcan abiertas.
Sí, yo creo que una de las premisas también es que somos seres misteriosos, y está bien que lo seamos, hay algo en nosotros que siempre permanece inalcanzable. Vivimos un momento en el que parece que todo tiene que explicarse, que siempre hay que dar respuestas precisas. Pero, en el fondo, nunca conocemos del todo la verdad.
Por eso también me interesaba que Lina no saliera en busca de respuestas definitivas, ni de un diagnóstico que lo ordenara todo. Hay una forma de respetar al personaje en esa decisión: ¿Por qué vos vas a saber más que ella?
Para terminar, quería preguntarte por tu experiencia como cineasta, como mujer y como directora argentina. ¿Cómo vives hoy el hecho de hacer cine en Latinoamérica?
Pregunta complicada. Es amplio.
La cuestión de ser mujer directora me la han hecho muchas veces a lo largo de mi carrera. Y, sinceramente, nunca sentí que hacer cine me resultara más difícil por ser mujer que a un hombre.
Eso no significa que no existan otras dificultades. Hay situaciones en las que una tiene que afirmarse de otra manera. Y cuando además eres madre, aparecen demandas muy concretas. Viajar, acompañar una película en festivales o durante su estreno implica tensiones que muchas veces recaen más sobre una. Uno se pregunta constantemente si vale la pena.
Y después está la situación de Argentina, que hoy es muy desoladora. A veces también muy injusta, por la forma en que se habla de los cineastas y del cine. Hay una industria que se está desmantelando, y eso no se reconstruye de un día para otro. Muchísima gente está sin trabajo y creo que estamos atravesando un momento realmente crítico para el cine argentino.
Aun así, da la impresión de que, pese a todas esas dificultades, el impulso por crear sigue intacto. Las ganas de hacer cine permanecen.
Sí. Siempre se dice que de las peores crisis nacen las mejores cosas. Ojalá de este momento surjan muchas nuevas cineastas argentinas.

