Verano de 2024. Estados Unidos, sacudido por fracturas políticas, sociales y económicas cada vez más profundas, se adentra en una de las campañas presidenciales más polarizadas de su historia reciente. En ese clima de mítines incendiarios, desencanto social y ruido permanente, Jorge Müller, un joven bilbaíno de 31 años, decide dejar su trabajo y recorrer la estigmatizada América profunda durmiendo en su coche. Quiere vivir el país desde dentro. Escucharlo sin filtros.
A lo largo del viaje, Müller se acerca a personas que rara vez ocupan el centro del relato estadounidense: vagabundos, drogodependientes, activistas, personas queer, obreros jubilados, moteros, miembros de bandas y figuras a contracorriente de toda clase. Se infiltra en mítines trumpistas, misas evangélicas, asociaciones privadas y patrullas policiales para asomarse a algunas de las realidades más paradójicas y contradictorias del país.
Parece la premisa de una película, pero es el punto de partida de Viajando con Thirsty, el primer libro de no ficción de Müller, publicado por la editorial Intruso. Un relato que empieza como una ruta de cien días por carretera y termina revelándose como una indagación en la crisis de identidad de Estados Unidos y, al mismo tiempo, en la transformación íntima de quien lo atraviesa.
Con una prosa evocadora y reflexiva, Müller recupera la tradición de la gran crónica de viajes para seguir el rastro de historias, heridas y formas de vida que suelen quedar fuera de foco. Su mirada avanza con una convicción poco frecuente: comprender antes que juzgar.
Conversamos con Jorge Müller para entender qué empuja a alguien con una vida aparentemente encauzada a romper con todo y lanzarse a la carretera, qué descubrió en los márgenes de la América profunda y por qué aquel viaje sigue hoy vivo en un largometraje documental.
Viajando con Thirsty, una búsqueda personal
A lo largo de sus páginas, Viajando con Thirsty entrelaza con perspicacia diferentes estilos narrativos entre capítulos de aventuras, observaciones y pensamientos. El viaje se va abriendo paso entre datos curiosos, digresiones históricas y agudas reflexiones sobre música, política, sociología, literatura, antropología o cine.
El resultado es una adictiva odisea de descubrimientos, contradicciones y revelaciones que convierte Viajando con Thirsty en una obra difícil de encasillar y aún más difícil de abandonar. Hay, en definitiva, mucha carretera, mucha historia y mucha humanidad que recorrer en esa «tierra de las oportunidades» que se resiste sistemáticamente a las explicaciones sencillas.
La primera pregunta, en cualquier caso, resulta inevitable. ¿Por qué alguien con un trabajo y una vida encaminada decide abandonarlo todo y marcharse cuatro meses a recorrer lugares marginales de Estados Unidos?
La respuesta de Müller rehúye cualquier épica de escaparate. No habla de una huida, ni de una revelación súbita, ni tampoco de un salto ciego. Habla, más bien, de un desgaste difícil de nombrar y de la necesidad de volver a ponerse a prueba. “No estaba mal”, recuerda. “Tenía una vida ordenada, un trabajo estable en publicidad, perspectivas de crecimiento. Pero sentía que había dejado de explorar”.
Después de casi una década dedicado al universo de las marcas, y tras haber vivido en lugares como Reino Unido o Calcuta, empezó a sentir una incomodidad cada vez menos negociable. “No me veía ahí. No me sentía cómodo dentro de mi piel”. La decisión de irse no fue impulsiva; estuvo pensada, medida, incluso desmenuzada por escrito. “Tenía ahorros suficientes y la posibilidad de reengancharme al volver. Así que decidí dar el salto, pero calculando los riesgos”.
Antes de presentar su dimisión redactó un documento en el que analizaba distintos escenarios posibles para su futuro. De ese ejercicio salió también una fórmula que acabaría acompañándolo durante todo el viaje: “No lo pensé como un año sabático. Lo pensé como una formación no reglada. Un tiempo de exploración”.
La idea remitía deliberadamente al espíritu del Grand Tour, aquellos largos viajes iniciáticos emprendidos por los jóvenes aristócratas europeos durante siglos como una forma de aprendizaje vital. La diferencia es que Müller sustituyó Florencia por Virginia Occidental, París por Kentucky y Roma por las antiguas cuencas mineras de los Apalaches.

El viaje respondía también a un deseo más íntimo: recuperar dos vocaciones que llevaba años practicando en los márgenes de su vida profesional. «Quería volver a escribir y volver a grabar. Llevo escribiendo desde hace años, crónicas de viajes y relatos, aunque siempre destinados a mi círculo cercano. Grabar algo grande no lo había hecho y pensé que era el momento de intentar hacer un documental».
Estados Unidos apareció pronto como el escenario inevitable. Por vínculos familiares había pasado largas temporadas en el país y siempre le había fascinado su capacidad para generar simultáneamente admiración, desconcierto y rechazo. Ningún otro lugar le parecía tan adecuado para observar las tensiones políticas, sociales y culturales que atraviesan el presente occidental.
Por eso decidió recorrerlo sin intermediarios, armado principalmente con una cámara, una libreta y un coche de segunda mano. Tras varias semanas de preparativos, compró un viejo Jeep Cherokee y lo convirtió en dormitorio, oficina improvisada y refugio. Lo bautizó Thirsty (sediento), por la cantidad de gasolina que devoraba y por esa sed de aventuras y conocimientos motor verdadero de todo el viaje. Así, durante los siguientes cuatro meses, aquel vehículo sería también una declaración de principios.
«Dormir en el coche no respondía únicamente a una cuestión económica», explica Müller, que descubrió rápidamente que vivir en tránsito modificaba también la forma en que otras personas le percibían. «Al vivir dentro del coche me colocaba en un plano parecido al de mucha gente con la que hablaba. No aparecía como un periodista que llega, hace preguntas y desaparece. Tampoco como un turista que viene a coleccionar experiencias. Era alguien que también estaba de paso. Alguien que cocinaba junto al coche, que buscaba duchas públicas y convivía con cierta incertidumbre cotidiana».

Esa vulnerabilidad compartida facilitó muchas conversaciones. También exigía recuperar una disposición cada vez menos frecuente: la de perder el tiempo sin sentir que se está fracasando. “Se está perdiendo la oportunidad de viajar de una forma más abierta. Está bien coleccionar experiencias, pero creo que la esencia del viaje consiste precisamente en fabricarte tú mismo esa experiencia”.
Durante las primeras semanas, sin embargo, desprenderse de la lógica de la productividad le resultó mucho más difícil de lo que había imaginado. “Los primeros días me repetía constantemente la misma pregunta: ‘¿Qué he hecho hoy?’. No había grabado nada importante, no había escrito grandes páginas, no había conseguido entrevistas memorables. Tenía una ansiedad enorme por producir”, confiesa.
La salida estaba, paradójicamente, en la idea con la que había partido. «Entonces recordé que había venido a explorar no a optimizar. Una vez asumí el aburrimiento y mi condición de deambulante, comencé a estar más abierto a los encuentros azarosos». En esa renuncia parcial al rendimiento aparece una de las claves más fértiles del libro: la posibilidad de que el viaje deje de ser una sucesión de hitos y se convierta en una forma de observar el entorno.
Fue también la soledad la que abrió algunas de sus vetas más personales. De las largas noches de carretera nació incluso uno de los personajes más extraños y memorables del libro: el coyote, un alter ego literario al que el autor confía pensamientos, miedos y desvíos interiores. “El coyote fue una especie de criatura que engendró mi cerebro fruto de la soledad y del delirio de las horas de carretera; fue casi terapéutico”.
Ese animal, capaz de sobrevivir en el desierto y en la ciudad, terminó por condensar el sentido profundo del viaje. Avanzar sin mapa fijo. Aceptar la incertidumbre. Permanecer lo bastante expuesto como para que la carretera, además de cambiar el paisaje, cambie también la mirada.
La América Profunda, más allá del prejuicio
Aunque Estados Unidos siempre había ocupado un lugar importante en su imaginario, Müller era consciente de que solo conocía una parte del país. «Había terminado el último año de instituto en Connecticut. Conocía la América de las universidades, los suburbios acomodados y las grandes ciudades. Pero intuía la existencia de otra realidad mucho menos visible en mi entorno. Sabía que había pobreza, desigualdad y drogadicción, pero quería vivirlo de primera mano».
De ahí nació su decisión de desplazar la mirada hacia la América profunda y comenzar el viaje en Virginia Occidental, en pleno corazón de los Apalaches. Un territorio donde la belleza de los paisajes convive con décadas de desindustrialización, despoblación y una grave crisis de adictos a los opioides.

La propia historia de Virginia Occidental marcada por el carbón, la conflictividad laboral y el declive industrial, le evocaba algunos de los paisajes humanos que había conocido en el País Vasco y en otras regiones del norte de España. «Había algo muy familiar en aquellas historias de minas, de comunidades construidas alrededor del trabajo industrial y de lo que ocurre cuando ese mundo desaparece», explica.
La entrada en Virginia Occidental fue también uno de los primeros grandes choques del viaje. “Recuerdo cruzar aquellas montañas y pensar que estaba entrando en uno de los paisajes más bonitos que había visto nunca”, cuenta. “Y después llegabas a algunos pueblos decadentes y encontrabas pobreza, abandono y drogadicción. El contraste me golpeó muchísimo”. En esa fricción entre belleza natural y devastación social se condensaba ya una de las intuiciones centrales de Viajando con Thirsty, la de un país capaz de albergar al mismo tiempo una enorme potencia simbólica y una profunda sensación de ruina.
Más difícil que registrar esa decadencia fue aprender a escuchar a quienes la habitan. En muchos de esos lugares, la conversación no se abría fácilmente. Hacía falta tiempo, insistencia, torpeza incluso. “Muchas veces no conseguía ir más allá de los temas comunes, pero a base de perderle el miedo y de práctica lograbas instantes de conexión”. Con el tiempo, esa dificultad inicial fue afinando también su manera de entrevistar. “Las entrevistas las hacía con tres o cuatro preguntas. Después simplemente escuchaba lo que quisieran contarme”.

La escucha terminó convirtiéndose en una metodología y, en cierto modo, en una ética del viaje. Una forma de aproximarse a quienes piensan distinto sin reducirlos automáticamente a caricaturas políticas o culturales.
«El cronista tiene que ser familiar ante lo extraño y extraño ante lo familiar», recuerda citando a la periodista argentina Leila Guerriero.
El objetivo no consistía en confirmar hipótesis previas ni en buscar personajes pintorescos, se trataba de comprender cómo perciben el mundo quienes suelen aparecer reducidos a etiquetas simplificadoras y, a menudo, despectivas: hillbillies, rednecks, white scum o simplemente, «la América de Trump».
«La herida principal es la sensación de que el país ha seguido avanzando sin ellos», reflexiona. «La pregunta que encontré muchas veces era: ¿qué ha pasado con nosotros? ¿Por qué cerró la mina? ¿Por qué nadie nos escucha?».
Para Müller, esa sensación de abandono económico y político ayuda a explicar buena parte de las tensiones contemporáneas estadounidenses. El problema no es únicamente material es también existencial.
«Mucha gente siente que ya no puede ser quien quiera ser ni acceder a las oportunidades que se le prometieron. El sueño americano está muerto».
Y cuando las promesas de progreso dejan de cumplirse y las instituciones dejan de ofrecer respuestas convincentes, el resentimiento, la nostalgia y la necesidad de pertenencia se convierten también en fuerzas políticas. En buena parte de esa América herida y desatendida encontraría Donald Trump uno de los pilares fundamentales de su regreso a la Casa Blanca.
Entrando en el corazón del Trumpismo
Si hay un episodio que resume el acercamiento de Viajando con Thirsty, ese es probablemente la decisión de pasar varias horas dentro de un mitin de Donald Trump durante la campaña presidencial de 2024. Para mezclarse con el ambiente, Müller se disfrazó, compró una gorra MAGA, se sumó a la larga cola bajo el sol y pasó horas conversando con algunos de los seguidores más fervientes del expresidente. El gesto podría parecer una provocación o una performance periodística, pero el libro evita cuidadosamente cualquier tentación de burla o caricatura.
«No quería ir a un mitin de Trump para ridiculizar a nadie. No conseguiría ninguna respuesta haciendo eso. Por eso decidí disfrazarme, para que se sintieran cercanos a mí».

Müller no oculta sus profundas discrepancias con el movimiento MAGA, al que considera perjudicial para la democracia estadounidense. Sin embargo, sostiene que comprender las razones que llevan a millones de personas a apoyarlo resulta imprescindible para interpretar el momento histórico que atraviesa el país.
«Yo también llevaba mis propios prejuicios», admite. «Pero cuando pasas horas hablando con la gente, te das cuenta de que la mayoría no se percibe a sí misma como parte de un fenómeno extremo o extravagante». «Hay personas que han razonado y han llegado a conclusiones equivocadas. Pero muchas veces esas conclusiones parten de experiencias reales».
En conversación tras conversación aparecían agravios muy concretos: la desaparición del empleo industrial, la precarización, la dificultad para acceder a la educación o la pérdida de expectativas de ascenso social. Fue también allí donde percibió el desgaste de uno de los grandes mitos fundacionales estadounidenses, el de la libertad como promesa de movilidad y autorrealización.
«Durante mucho tiempo, Estados Unidos ofreció una ecuación seductora: individualismo, libertad y oportunidades. La idea de que cualquiera podía construirse a sí mismo encontraba respaldo en una estructura que, con todas sus exclusiones y violencias, producía una cierta fe en el sistema. Si no tienes acceso a educación, un crédito o trabajo digno, la libertad deja de ser una experiencia y se convierte en un eslogan vacío.»
Para pensar esa deriva, Müller menciona a Erich Fromm y su ensayo El miedo a la libertad:
«Fromm plantea una idea muy incómoda, que la libertad también puede generar miedo y angustia», explica. «Cuando las personas pierden sus certezas materiales, sus comunidades y la sensación de controlar sus propias vidas, a veces buscan refugio en explicaciones que les devuelvan un sentido de pertenencia, aunque vayan en contra de sus propios intereses».
Asimismo, lo que acabó encontrando en el mitin de Trump no fue tanto una masa homogénea de extremistas como un paisaje humano mucho más fragmentado. Había familias enteras con niños pequeños, jubilados, veteranos, jóvenes trabajadores, pequeños empresarios, creyentes evangélicos y también personas latinas y asiáticas. Compartían un mismo espacio político, aunque no necesariamente las mismas razones para estar allí.
«Me sorprendió mucho la diversidad. Evidentemente había perfiles muy radicalizados, pero también mucha gente corriente que sentía que había perdido el control sobre su propia vida y que buscaba a alguien capaz de devolverle una sensación de orden y de pertenencia».

En ese sentido, Viajando con Thirsty escapa deliberadamente la construcción de héroes y villanos. El libro se aproxima a la alteridad sin maniqueísmos sensacionalistas y asume que comprender no equivale necesariamente a justificar.
«Hemos perdido mucha capacidad para hablar con personas que piensan diferente. Y cuando dejamos de hablar, inevitablemente empezamos a imaginarnos quiénes son los otros. Y ahí aparecen las grietas».
Una fractura que, advierte Müller, resulta inquietantemente familiar desde una perspectiva europea. «Estados Unidos suele funcionar como una especie de laboratorio acelerado. Muchas dinámicas que aparecen allí acaban llegando después a Europa, adaptadas a nuestros propios contextos». El populismo Trump lleva años viciando y adulterando los discursos de los dirigentes políticos de la esfera hispana (Ayuso, Milei y, más recientemente, De la Espriella en Colombia) conquistando a un público cada vez más amplio de descontentos con el sistema.
Sin embargo, recorrer durante más de cien días algunos de los territorios más fracturados del país también permitió a Müller descubrir otra realidad menos visible: la extraordinaria capacidad de autoorganización de las comunidades estadounidenses para sostener aquello que las instituciones y el mercado han dejado de garantizar.
Los espacios públicos, una esperanza colectiva
Uno de los grandes hallazgos de Viajando con Thirsty consiste precisamente en descubrir las estructuras invisibles que todavía sostienen a una sociedad profundamente fracturada. A medida que avanzaba por pequeñas ciudades y territorios rurales, comenzó a identificar una extensa red de instituciones comunitarias que, pese a sus limitaciones, funcionan como auténticas infraestructuras de resistencia social: bibliotecas públicas, iglesias, centros vecinales, comedores sociales, programas de reparto de alimentos e innumerables iniciativas impulsadas por voluntarios.
«Los espacios públicos en Estados Unidos son pocos, pero existen», explica. «Y donde existen son lugares de refugio».
Las bibliotecas ocuparon un lugar especialmente importante durante el viaje. En un país donde gran parte de la vida cotidiana está mediada por el consumo, estos espacios permanecen como algunos de los últimos lugares donde todavía es posible simplemente estar. Allí conviven estudiantes, jubilados, trabajadores precarios y personas sin hogar, compartiendo un espacio común que, en muchos casos, constituye una de las últimas expresiones tangibles de ciudadanía.
«Les ofrece un poco de dignidad», reflexiona. «Les hace sentirse parte de la sociedad».
Fue también en esas bibliotecas donde Müller descubrió algo que internet parecía haber vuelto irrelevante, el valor insustituible de la memoria local. En los anaqueles de la biblioteca hallaba archivos nunca digitalizados, colecciones de periódicos centenarios, fotografías familiares donadas durante generaciones y tablones de anuncios donde todavía se anuncian concursos agrícolas, reuniones vecinales o celebraciones populares.

«Las bibliotecas te permiten entender qué preocupa a un lugar», explica. «Te muestran qué lee la gente, qué considera importante y qué historias quiere conservar».
El viaje le permitió constatar hasta qué punto Estados Unidos funciona gracias a una compleja red de iniciativas privadas y comunitarias que compensan parcialmente las carencias de un sistema de bienestar mucho más limitado que el europeo. Iglesias que reparten alimentos, asociaciones vecinales que gestionan refugios temporales, voluntarios que redistribuyen excedentes alimentarios o pequeños proyectos comunitarios que sobreviven gracias a donaciones y trabajo altruista.
«Hay mucha gente que sobrevive gracias a la filantropía, las iglesias o los centros comunitarios», señala. «No soluciona el problema estructural, pero evita que muchas personas caigan todavía más abajo».
La paradoja impresionó profundamente a Müller. El mismo país capaz de producir algunas de las formas más extremas de desigualdad y exclusión social alberga también una extraordinaria capacidad de organización comunitaria y ayuda mutua. Una solidaridad cotidiana, discreta y a menudo invisible, que sostiene a millones de personas allí donde las instituciones gubernamentales no alcanzan.
Con todo, Viajando con Thirsty rehúye las grandes conclusiones sobre Estados Unidos. El país que emerge de sus páginas no es el de las consignas políticas ni el de las estadísticas. Es un territorio donde conviven Silicon Valley y las calles de zombies de Tenderloin, las iglesias que sostienen comunidades enteras y pueblos donde hace décadas que desapareció la última fábrica. Un lugar donde prosperidad y abandono pueden encontrarse separados por apenas unas pocas manzanas.
Del libro a la carretera filmada
Curiosamente, Viajando con Thirsty nunca nació con la intención de convertirse en un libro. «La idea principal siempre fue el documental», explica. «El libro apareció después, casi como una consecuencia inevitable del viaje». Durante los cuatro meses de viaje, Müller registró cientos de horas de material audiovisual capturando los paisajes y grabando numerosas entrevistas que, en un principio, eran el verdadero motor creativo de la expedición.
Fueron las primeras crónicas, escritas durante el propio recorrido y al regresar a Bilbao, las que le hicieron comprender que la experiencia exigía también otro lenguaje. Uno capaz de detenerse en las contradicciones, las dudas y las asociaciones que la cámara, por sí sola, difícilmente podía capturar. Así, tras su experiencia nómada, decidió emprender un proyecto de editorial independiente junto a otros profesionales y creó Intruso, sello bajo el cual publicó Viajando con Thirsty y que espera ampliar su catálogo próximamente.

El documental, mientras tanto, sigue su propio curso. Según cuenta, el proyecto está ya en fase de montaje y existe un primer corte de más de dos horas pensado como largometraje. La película no aspira a ilustrar el libro ni a adaptarlo de manera literal. Se plantea como una exploración paralela del mismo material, guiada por otra lógica. “El libro es más confesional”, resume. El documental, en cambio, será “observacional puro y duro” Una obra “más pausada, mucho de vagar y escuchar”.
Después de más de cien noches durmiendo en un Jeep, miles de quilómetros recorridos y cientos de conversaciones mantenidas con desconocidos, Jorge Müller regresó a Bilbao «con menos certezas de las que tenía al partir, más preguntas y menos prejuicios».
Quizá por eso el documental promete ser también la pieza más ambiciosa del proyecto. Müller reconoce haberse reservado algunas de las conversaciones y encuentros más potentes para la pantalla. Si en el libro la voz del viajero actúa como hilo conductor, en las imágenes parece dispuesto a retirarse deliberadamente del centro del relato. «Apenas aparezco en reflejos, sombras y un plano de un espejo», revela.
Más que un diario filmado, todo apunta a una obra coral sobre un país que suele explicarse desde la distancia pero que, como descubrió durante aquellos cien días de carretera, quizá solo pueda entenderse a través de quienes todavía lo habitan, lo sostienen y lo cuentan aunque les hayan destinado a los márgenes de una realidad que desborda los focos de Hollywood.
