Para Alejandro Ugarte y Mario Pera
Una bruma de apatía lo cubre todo. Es una especie de tedio que oscurece los quehaceres más cotidianos: subir las escaleras, transitar las calles, cepillarse los dientes. Como, a estas alturas, ya conozco perfectamente mis ciclos de ánimo, esta filosa quietud no me sobresalta. Sé que los días se repetirán idénticos durante algunas semanas hasta que una nueva ilusión aparezca detrás de un gesto compulsivo.
Es la manera en la que se han delineado mis intereses y obsesiones desde siempre, y no hay periodos de mi vida más luminosos que aquellos que están atravesados por nuevos anhelos y deseos.
Hace poco menos de dos meses, mi amigo Alejandro se perdió al escalar uno de los nevados más altos de los Andes. Durante al menos cuarenta días, su familia y su pareja suplicaron por ayuda para encontrarlo a él y a los otros dos montañistas que lo acompañaban. A pesar de todos los esfuerzos, un día —supongo que uno distinto para cada quien— tuvimos que aceptar que no volvería. Aunque recuerdo las cosas hermosas que escribieron sobre él, también recuerdo las que fueron ridículamente hirientes. Para algunas personas, Alejandro debía pagar con su vida aquella pasión por conocer el mundo.
Cuando se desvanezca esa neblina de desidia que ahora mismo no me permite ver las cosas maravillosas del entorno, sé que se dibujará el deseo de conocer algo nuevo: aparecerá una flamante obsesión que podré domesticar en un propósito de vida a corto plazo. Me ha pasado abocarme a cultivar un jardín, a imitar el oficio de ebanista y construir un estante para mis libros, a intentar aprender (aunque con éxito moderado) a escribir-hablar-leer nuevas lenguas. Me ha conducido a habitar lugares hermosos, en la orilla del mar o al pie de las montañas. Ha dirigido mis manos para escribir, para pintar, para atravesar en motocicleta las carreteras peruanas, para cargar cajas de una casa a otra, para arrastrar maletas de un continente a otro.
Las personas que no pueden entender por qué mi amigo deseó escalar seis mil metros para contemplar el mundo están perpetuamente sumergidas en esa bruma de apatía y de inacción; no saben de ilusiones ni obsesiones ni de hábitos apasionados. La verdad es que Alejandro es el que está vivo, y los otros están muertos.
Hoy ha dejado el mundo otro amigo: el poeta peruano Mario Pera. Se ha ido colmado de homenajes y palabras de amor y tristeza. Aun con una enfermedad a cuestas, se pasó la vida saltando entre una ciudad y otra para leer en voz alta en librerías y bares. Como prueba de su obsesión dejó estos versos: «lejos del poema/las horas no son más que/una noche infinita».
Lejos del poema están los otros.
