Fue un día hermoso, después de unos días de lluvia. Supongo que trabajé unas horas, y luego escribí y dibujé. Quizá leí: «Quiero esa fe de los pájaros / cuando se arrojan al aire» en un poema de Pedro Mairal. Ordené la refrigeradora, eché a la basura la comida podrida, llené de verduras frescas los cajones inferiores. Cociné. Me parece que hice ejercicio y comí ciento ochenta gramos de pollo con un poco de arroz y ensalada. Mi madre me llamó, seguro que a media tarde. Después tomé una cerveza con un amigo en una terraza. La mesa se llenó progresivamente de gente. De pronto éramos varios, encendidos de buen humor, sumergidos en una conversación que nos estremecía a carcajadas. Contamos las historias de nuestras vidas y me acordé de mis mejores amigos del barrio, de las tardes infinitas de sábado en la casa de César al lado de la parrilla humeante. Pensé, supongo, en esos versos de Wisława Szymborska: «Escuchen cómo ríen: es un insulto. / En qué idioma hablan: aparentemente comprensible». Bebimos. Reímos como si el mundo no se cayera a pedazos. Encontramos una anécdota emocionante tras otra. Nos dio la medianoche. Nos despedimos. Encontré amor al llegar a casa. Y repetí las ocurrencias que fui capaz de recordar y hablé sobre el maravilloso día que me había atravesado como una flecha envenenada. Me hice una tortilla, comí de pie en la cocina. Envié mensajes a mis amigos en Lima. Me fui a la habitación, extendí la cama y acomodé las almohadas. Me acosté y cerré los ojos. Apenas me advertí solo en el cuarto a oscuras, sentí cómo una pena repentina se colaba como un hilo de aceite en una fuente de agua. Me pregunté por qué, por qué ahora si la vida tan espectacular y luminosa, y la respuesta que obtuve fue la garganta pesada, la mente alborotada y ajena, el presente esquivo como un animal silvestre, la sospecha de que la felicidad no me es del todo contemporánea. Di vueltas en la cama y supongo que al cabo de un rato me dormí.
