El pasado 18 de marzo, los muros que rodean los Jardines de las Tres Chimeneas de Poble-Sec, siempre repletos de graffitis, amanecieron grises y asépticos. El Pla Endreça de Collboni daba una estocada al movimiento graffitero barcelonés que no tardó en manifestarse pintando colectivamente todos los muros de nuevo. Un movimiento artístico siempre en tensión con la legalidad vigente descentralizado y clandestino por naturaleza.
No obstante, «allá dónde hay civilización, hay graffitis» reza la primera cita de Malas Ideas, la primera novela íntegramente gráfica de Carlota Juncosa (1984, Barcelona). La autora de la estupenda biografía de Carmen de Mairena, vuelve ahora la mirada hacia su propia adolescencia para reconstruir, desde el humor, la reflexión crítica y mucho de terapia personal, sus experiencias en el mundo del graffiti, indagando sobre los orígenes e inquietudes de esta subcultura urbana en la Barcelona de los 2000.

Juncosa articula esta búsqueda mediante una estructura capitular muy marcada y sorprendentemente eficaz. Cada bloque funciona casi como una capa distinta de pintura sobre el mismo muro: primero la memoria adolescente y autobiográfica, los primeros encuentros con el graffiti; después las entrevistas a antiguos graffiteros de la escena barcelonesa; finalmente la reflexión más ensayística y política en una suerte de breve genealogía del graffiti. Lejos de fragmentar el relato, esa alternancia le da ritmo y profundidad.

De tal forma, el libro avanza como una conversación entre la Carlota adolescente que buscaba identidad pintando muros y la autora adulta que intenta comprender qué vacíos emocionales, sociales o generacionales había detrás de aquella obsesión por firmar.
Ahí reside seguramente una de las mayores virtudes de Malas Ideas: su capacidad para convertir algo muy específico (el ambiente graffitero barcelonés de principios de los 2000) en una reflexión mucho más amplia sobre la adolescencia, la pertenencia y el deseo de dejar huella. El graffiti funciona como punto de partida, pero el libro habla constantemente de otras cosas: del aburrimiento juvenil, de la necesidad de construir una personalidad propia, de la fascinación por el riesgo, de la performatividad dentro de ciertos entornos underground y también de la ciudad como espacio hostil donde la juventud apenas encuentra lugares desde los que expresarse.

La propia Juncosa se expone con una honestidad poco habitual. No hay épica impostada ni nostalgia romantizada en sus experiencias con el bote de spray. Juncosa se dibuja a sí misma sin filtros: confundida, vulnerable, ebria, a veces ridícula, dejándose arrastrar por dinámicas de grupo donde “molaba parecer dura”. La progresiva transformación de Lua en Yonkz (su alias más compulsivo y obsesivo) funciona casi como el retrato de una identidad en construcción permanente. Pintar se convierte entonces en una forma de ganar visibilidad cuando todavía no sabes quién eres.

En paralelo, las entrevistas introducen voces y experiencias que amplían el retrato colectivo. Aparecen figuras míticas de la escena local, anécdotas sobre noches esperando el metro escondidos en cajeros automáticos o amistades surgidas en calabozos. Incluso hay tiempo para experiencias místicas o sobrenaturales. También emerge toda una ética o código interno del graffiti: el respeto por la antigüedad, las jerarquías invisibles, el orgullo territorial, la importancia del nombre y la humillación de ser un toy o ser pisada. Juncosa recupera así la jerga específica de esta subcultura —tag, bombing, pisar, flop, slam. Dando el contexto y la anécdota a cada palabra sin pasarse de divulgativa, en el punto exacto, digamos, para contentar a propios y extraños. Aporta también las referencias visuales de documentales y libros del arte urbano explícitamente en su apéndice.
Visualmente, Malas Ideas encuentra una coherencia muy destacable entre forma y contenido. El dibujo de Juncosa, aparentemente sencillo y desprolijo, posee una enorme capacidad expresiva. Las líneas temblorosas, los cuerpos algo deformados y los fondos mínimos transmiten una sensación constante de precariedad emocional y movimiento. Hay algo de la suciedad nerviosa de Mike Judge (Beavis and Butthead) y del underground de los fanzines dosmileros en unas páginas donde el blanco domina y donde el gesto importa más que el detalle. La economía gráfica no suele empobrecer el relato; al contrario, concentra toda la intensidad en las miradas, silencios y posturas corporales.

Otro de los grandes aciertos del libro es cómo evita caer en discursos simplistas sobre la legalidad. Juncosa no idealiza el graffiti ni lo convierte automáticamente en resistencia política, pero tampoco acepta la mirada institucional que lo reduce a vandalismo. La pregunta «¿por qué la publicidad sí y el graffiti no?» atraviesa toda la obra como un eco incómodo. No es baladí que esté situado en Barcelona, una ciudad saturada de mensajes comerciales, logos y campañas visuales invasivas (recordemos los anuncios gigantes que cubren continuamente la fachada de la Catedral). De tal manera, Juncosa en varias conversas se plantea hasta qué punto el rechazo al graffiti tiene más que ver con quién ocupa el espacio público que con el acto de intervenirlo en sí mismo.

La coincidencia entre aquel borrado institucional que describía al inicio y la publicación de Malas Ideas resulta paradigmático de las paradojas de nuestras urbes. Reconociendo al graffiti en su lado comercial (Banksy te miro a ti), pero borrando sus señas y sus posibilidades identitarias cuando hay otro tipo de intereses en juego. Hay algo en la nueva obra de Carlota Juncosa que gira precisamente alrededor de esa pulsión conflictiva: la necesidad de ocupar el espacio público frente al intento constante de normalizarlo, higienizarlo y volverlo invisible ( ¿a este punto hablamos de pinturas o de personas?).

En cualquier caso, el graffiti en Malas Ideas aparece definido de muchas formas a lo largo de la obra según lo concibe cada personaje: ya sea como un acto puramente estético, de denuncia política o contestario, o simplemente como una forma de afirmar la existencia. Este último motivo se repite con fuerza en personajes como Destí o El Burto, como una marca desesperada, a veces lúdica, a veces neurótica, contra la sensación de anonimato y alienación urbana.
Por eso y por el poso que deja en su último capítulo, pienso que Malas Ideas termina funcionando tanto como una historia adolescente en el graffiti como con un ensayo gráfico sobre el arte urbano y la necesidad de existir frente a los demás. Sobre escribir el propio nombre para comprobar, aunque sea durante unas horas antes de que lo borren, que uno estuvo ahí.
